El héroe y su triste deseo El coche lo dejó en el 4004 de esa calle del Noroeste, entonces el hombre murió… La representación de lo que es el héroe siempre nos ha seducido. El niño conquistando su mundo tan solo con un muñeco en la mano; el manual con sus próceres; los libros con sus mártires. A lo largo de una historia ya dicha -demasiado dicha-, se ha vinculado al héroe con aquel vencedor de las injusticias, y que hace del mundo -o al menos de una porción del mundo-, un lugar mejor. De ellos aprendemos cómo hay que actuar. Con sus proezas nos han mostrado cuál es el camino correcto, sin dejarnos un instante, al menos, reflexionar sobre aquel camino. De esta manera, aquello ya dicho del héroe, no puede ser modificado. Éste se encuentra en el lugar del semidios, por lo que entonces repetimos, como si quisiéramos memorizar el verso de una canción, lo que es y no es un héroe. En el seminario de “La ética del Psicoanálisis”, en una de sus secciones, “La esencia de la tragedia”, Lacan retoma el texto “Antígona” de Sófocles. No haré un breve resumen de lo que se trata aquella tragedia, a la lectura invito y a los resúmenes rechazo. Tan solo diré, que en cuanto a los dos personajes principales de la tragedia, Antígona y Creonte, Lacan coloca en el lugar del héroe a Antígona. No porque ella representa una ley más justa, no porque Creonte, por su propio bien, o por la Diké de los dioses, castiga a Antígona por la falta que ha cometido. Es, porque uno de los dos, no siente ni el temor ni la compasión: Antígona. Vuelvan al comienzo, relean la primera línea. Aquel hombre, es el personaje del cuento “La espera” de Borges. Sin duda, no está muerto. El hombre baja del coche, se alquila una pieza, y espera, ¿qué espera? Ser el héroe, sin saberlo. Por qué sucede que las personas no pueden soportar el misterio, que tiene que haber causa y efecto, respuesta para cada pregunta. Hasta se ha dicho que aquel hombre que espera que lo encuentren y lo maten, es lo que Borges quería expresar aquello que sentía por el peronismo. No hay ninguna alusión en el cuento sobre tal cuestión. En la Literatura, hay una estrategia –si se puede llamarla así- denominada “dato oculto”. Utilizada antes que Borges, -lean “Los asesinos” de Hemingway, pero también es anterior a este autor-. No sabemos por qué el hombre espera a que lo maten, no hay ninguna pista, y este es el dato oculto del cuento, no mencionar la causa; la causa está perdida, y si no aparece, no es porque la tiene que rellenar el lector, como lo dice Vargas Llosa sobre el dato escondido; ni tampoco pretender entrar en la mente del autor, porque ni el uno ni el otro, saben cuál es la causa; lo único que saben, es, que no hay causa. En Antígona, sin embargo, Sófocles nos muestra de una manera explicita el porqué de la tragedia: Antígona se rehúsa a que su hermano muerto no tenga un digno sepulcro, por lo que esto genera el conflicto entre Creonte y Antígona, hasta que aquél la condena a meterla en un sepulcro, viva. En La espera, hay un hombre que no es castigado por alguien, y nadie lo obliga a esperar en esa pieza hasta que lo maten. Pero lo que intenta llevar a cabo, es el mismo fin de Antígona. Es llegar a esa instancia en donde ya no se puede retroceder, es el lugar que puede explicarse con una palabra que aparece en el texto de Antígona: Áté. En griego significa extravío, calamidad, fatalidad, y la diosa correspondiente. Designa el límite en que la vida humana no podría atravesar mucho tiempo. Más allá de ese Até no se puede pasar más que un corto tiempo, y es allí hacia donde se dirige Antígona, y es allí, adonde está el personaje de La espera: el cochero lo ayudó a bajar el baúl; una mujer de aire distraído o cansado abrió por fin la puerta. Desde el pescante el cochero le devolvió una de las monedas, un vintén oriental que estaba en su bolsillo desde esa noche en el hotel de Melo. El hombre le entregó cuarenta centavos, y en el acto sintió: tengo la obligación de obrar de manera que todos se olviden de mí. He cometido dos errores: he dado una moneda de otro país y he dejado ver que me importa esa equivocación. ¿Que se olviden de él, realmente? El fallido muestra lo contrario. Más aún, cuando la dueña del hotel le pregunta su nombre, le dice “Villari”, nombre de su enemigo, del que lo busca para matarlo, y del que lo matará. Mencionemos un poco sobre el cuento: Villari (es decir, el hombre que será asesinado por Villari), pasa los días en esa pieza, al principio no salía, luego comenzó a salir de noche, fue a un cinematógrafo, no pasó nunca de la ultima fila, no le llegó nunca una carta, leía el diario, sentía que su vida no tenía término, a no ser que aparezca la noticia de que Alejandro Villari había muerto. Borges nos va engañando a cada momento, a veces nos hace pensar que el personaje no quiere que lo encuentren, “tengo la obligación de obrar de manera que todos se olviden de mí”. Sin embargo el título del cuento no es “La huida”, sino, “La espera”, y además, ¿qué persona que intenta huir de alguien se haría llamar con el nombre de aquél que lo persigue? Pues aquél, que no siente temor ni compasión. Sin duda, Borges nos engaña en cada línea, y allí está el éxito del cuento, de todo cuento, escribir para engañar. ¿Es que aquel hombre buscaba su muerte? Antes de responder a esta pregunta, quisiera referirme a lo que Lacan dice acerca de la soledad del héroe. Lacan nos dice que el héroe, no busca la soledad para rumiar en sus pensamientos; se trata, de que siempre se encuentra en una zona límite, entre la vida y la muerte. A la pregunta anterior contesto de esta manera: ¿Es que acaso Antígona quería morir? Antígona ya estaba muerta, ella misma lo dice. En ambos personajes está la queja; queja que muestra el no arrepentimiento, la similitud estaría en aquella frase celebre “Padre mío, por qué me abandonaste”. Antígona, encerrada en el sepulcro, se queja por no tener un digno sepulcro, porque no tendrá a nadie que la llore, porque no tendrá el amor de Himeneo, y tampoco hijos. Villari, encerrado en una pieza, en su propio sepulcro, siente, no más que la felicidad de un perro; y espera, ya muerto, a que lo maten. Esto es a lo que me refería con la soledad del héroe, no es que busca la soledad, es más que esto, ya se encuentra en una zona que no hay vuelta atrás, es llegar al ektós átas, (que en griego significa fuera de la fatalidad), es decir, atravesar los límites del Áté, y esto es, porque allí está su deseo; no un simple deseo, es el deseo que conduce hacia la muerte, el deseo puro. No hay que dejarse cegar por el brillo intenso, puesto que si bien el héroe ha llegado a esa muerte en la vida, a la segunda muerte, todavía, no en lo real. “En los amaneceres soñaba un sueño de fondo igual y de circunstancias variables. Dos hombres y Villari entraban con revólveres en la pieza…Al final del sueño, él sacaba el revolver que tenía en la mesa de luz –porque en verdad tenía un revolver allí- y los descargaba contra los hombres. Nuevamente, Borges nos ofrece una bella paradoja, esta vez, con el sueño del personaje, ¿quiere matar a su asesino o quiere que su asesino lo mate? Intentemos contestar con esta pregunta: ¿quién es Villari? El asesino ¿y a quién mata? A Villari. Volvamos a Antígona. Lo que la empuja hacia las fronteras del Áté, es lo que sabemos de ella: Una descendencia de la unión incestuosa por sus padres que se desdobló en sus dos hermanos. Un hermano representa la potencia, el otro representa el crimen. Y no había nadie para asumir el crimen, excepto Antígona. Lacan nos dice que el deseo de la madre es un deseo fundador de toda estructura, pero es al mismo tiempo un deseo criminal. Ahora bien, de Villari nada sabemos, y nunca lo vamos a saber. Borges hasta tenía la genialidad de saber en qué cuentos valdría la pena agregar una segunda parte -lean “El hombre de la esquina Rosada” e “Historia de Rosendo Juárez” y se darán cuenta de aquella genialidad-. Lo único que podemos decir es que, Villari representa ese deseo criminal, el de matar a Villari, tanto en sus sueños como cuando al final del cuento, entra Villari y un hombre a la pieza, y el hombre que está a punto de que lo maten, les pide que esperen y se da vuelta contra la pared, ¿Lo hizo para despertar la misericordia de quienes lo mataron, o porque es menos duro sobrellevar un acontecimiento espantoso que imaginarlo y aguardarlo sin fin, o –y esto es lo más verosímil- para que los asesinos fueran un sueño, como ya lo habían sido tantas veces, en el mismo lugar, a la misma hora? Así es, Borges; Villari, no es más que el deseo criminal ¿de quién?, del dato oculto, de aquello que nada sabemos, excepto, que no es más que un héroe. . La esencia de la tragedia. Seminario La ética del Psicoanálisis. Jaques Lacan. . La espera. El Aleph. Jorge Luis Borges. Nicolás Mazal