5. Conclusiones 5.1 Consecuencias de la impunidad estatal <i>El filósofo Zygmunt Bauman explica las consecuencias de la impunidad de los crímenes cometidos por el Estado</i> Cualquiera sean las razones, eximir a los soberanos del Estado de la responsabilidad de los crímenes que cometieron tiene dos efectos. Ambos devastan los patrones éticos de nuestra vida y, más aún, socavan las leyes de moralidad, compasión, y solidaridad humana en nuestras ocupaciones cotidianas. El primer efecto es la facilidad con la cual los dictadores de hoy y mañana pueden recurrir al terror como arma contra sus individuos. Saben que la probabilidad de pagar el precio de los actos es inversamente proporcional a su decisión y falta de escrúpulos. (...) El gobierno es un refugio confiable y una garantía de impunidad. El poder protege, y cuanto mayor sea el poder mayor será también la protección. En otras palabras, este efecto es una invitación al asesinato. Otro efecto es el aval de nuestra –es decir, de nosotros, los testigos- indiferencia e inacción. La incomodidad y apuro que sentimos cuando contemplamos el sufrimiento humano sin hacer nada para ayudar al que sufre se designa en psicología con el nombre de “disonancia cognitiva”. Según afirman los psicólogos, es intolerablemente doloroso ser conciente de dos fragmentos de conocimiento tan flagrantemente contradictorios; por eso las víctimas de la disonancia cognitiva despliegan y extreman su inventiva para eludir la contradicción mediante recursos no pocas veces ingeniosos. En este caso, para apaciguar su conciencia culpable pueden argüir: sí, no hice nada, pero nada podía hacerse y en cualquier caso los criminales saldrán impunes. Mis protestas seguirán siendo ridículamente ineficaces en función del resultado final, y entonces también puedo tomar un atajo y ahorrar un tiempo y energía que estarían desperdiciados de todos modos. O. Si esa “gente común” sufre, ¿pero no es el sufrimiento humano un aspecto constante e inextirpable del mundo en que vivimos? ¿Quién soy yo para pretender mejorar la creación divina y corregir el mundo? Siempre habrá fuertes y débiles, luchas por el poder, y víctimas. Aunque se trata de algo lamentable, mi moral no tiene nada que ve con eso. No solamente no me siento responsable de ese crimen, sino que además la responsabilidad que pueda asumir por el mismo no modificará la forma de los asuntos humanos. O bien: esa gente provoca sufrimiento a otros, yo no hago nada y entonces no se hace justicia, ¿pero existe la justicia? La justicia exige que todo criminal sea medido con la misma vara, pero claramente no es lo que ocurre. Si (...) no existe justicia sin igualdad de normas: puedo decirme a mí mismo que me estoy reprochando en vano y, por cierto, injustamente... Zygmunt Bauman, “La terrible verdad emerge ante nosotros”, en revista <i>Puentes</i>, nro. 4, julio de 2001, pp. 68 – 69. 5.2 La justicia en la transición a la democracia <i>El historiador Henry Rousso se refiere al problema de la aplicación de la justicia en sociedades que transitan el camino de la dictadura hacia la democracia. </i> Actualmente, muchos historiadores, sociólogos y cientistas políticos participan en estudios comparativos sobre las salidas de las dictaduras, sobre las transiciones democráticas, y especialmente sobre el problema de la justicia de transición: ¿cómo un Estado que se vuelve democrático va a juzgar a los cuadros del régimen dictatorial o totalitario al que ha sucedido, con o sin violencia? Es el problema que surgió en Francia –y en toda la Europa ocupada por los nazis- al final de la Segunda Guerra Mundial con la depuración de los colaboradores y responsables del régimen de Vichy. En todos los casos, sea cual fuere la magnitud de los crímenes que el régimen en cuestión cometió, sea cual fuere su duración, esto implica desafíos políticos, dilemas jurídicos y judiciales, y también una cuestión de la que no se tomó conciencia sino hasta hace una veintena de años: la de la gestión el pasado, la memoria colectiva y la dialéctica entre el recuerdo y el olvido. Esta cuestión ha emergido en las sociedades contemporáneas por el hecho mismo del avance de la democracia, por la necesidad creciente de justicia y transparencia, pero también porque muchos países democráticos estuvieron obligados a gestionar un pasado que era su antítesis. Entrevista a Henry Rousso, “El duelo es imposible y necesario”, por Claudia Feld, en revista <i>Puentes</i>, nro. 2, diciembre de 2000.