LA SOBRIEDAD Educar la sobriedad supone enseñar a nuestro hijo a distinguir, según criterios rectos y verdaderos, lo que es razonable gastar, ya sea dinero, esfuerzo, tiempo, etc. Es ahora cuando esta virtud le va a ser más difícil de vivir al adolescente, porque, por primera vez, va a sentir cómo sus sentidos y apetencias se abren en abanico mostrándole mundos insospechados para él. El incipiente nacimiento de la intimidad y el deseo creciente de comportarse como un adulto le van a llevar a imitar modelos que la sociedad le ofrece como ideales. Pero algunas de las ideas con las que la publicidad, las películas, la televisión, etc. nos bombardean no son precisamente las que nosotros consideramos más adecuadas. Por poner algún ejemplo: El consumismo. Se está llegando al punto en el que parece que la categoría social se establece en función de la capacidad que un individuo posee de consumir cada vez más y de mejor calidad (entiéndase más caro). El dolor y el esfuerzo no se entienden. Hay que huir de ellos. El placer es el camino hacia una «cierta» felicidad. Mientras no se haga daño a nadie, cada uno es «libre» de realizarse como mejor le parezca. (Entre los «nadies» se incluye a los no nacidos, por eso el aborto se considera un problema de libertad personal, por ejemplo.) Y los adolescentes son los que están más indefensos ante semejante bombardeo. Carecen del suficiente juicio crítico para poder racionalizar todo ese caudal manipulador. ¡Cuidado!, a los padres muchas veces puede ocurrirnos lo mismo, no nos engañemos con falsas necesidades. Tratar de educar en la sobriedad, como en todo, exige por parte de los padres un ejemplo constante y coherente. La sobriedad, como el resto de las virtudes, habremos tratado de vivirla en la familia desde siempre. Es bueno que desde pequeños se acostumbren a que los gastos, por ejemplo, en su familia se planteen de la siguiente manera: ¿Es realmente necesario este gasto? ¿Qué proporción hay entre el esfuerzo que me supone este gasto y el bien que espero conseguir? Si esto no se ha vivido así en su casa, siempre adaptado a las posibilidades de comprensión del niño en cada edad, es difícil que al llegar a la adolescencia le podamos intentar hacer comprender la necesidad de que él modere y controle sus gastos. Dicho de otra manera, ¿cómo le explicaremos que esas zapatillas deportivas de importación, con un precio espectacular, van a tener que esperar unos meses, o incluso deberá olvidarse de ellas, si él ve cómo su padre y su madre están acostumbrados a comprar la última novedad en electrodomésticos, coche, ropa, etc.? Luego, las quejas de los padres se multiplican, y con razón: Mi hijo es un manirroto. La paga no le dura ni unas horas. Mi hijo acabará dirigiendo un banco. Siempre tiene dinero. Bien es verdad que no gasta ni una peseta. Cuando llegó a ahorrar X pesetas se compró un equipo de sonido para su habitación que ya lo quisiera yo poder comprar para la casa. No puedo hacer comprender a mi hijo que no nos podemos permitir comprarle todas las marcas más caras de ropa, etc. Tal vez uno de los puntos clave en la educación de la sobriedad sea el enseñarles a administrar ellos el dinero, es decir la paga. El uso del dinero Los chicos deben aprender a valorar las cosas que les rodean y el dinero, y a utilizarlo de forma gradual. Ya desde los seis o siete años, incluso antes en algunos casos, es conveniente darles dinero para que ellos paguen unos chicles, o cualquier cosa para ellos. Aprenderán que las cosas no las dan en la tienda, hay que pagarlas; el dinero no es un fin, sino un medio para poder vivir, y que se consigue con el trabajo de sus padres. A los trece o catorce años ya deben ser capaces de administrar su paga. Para la mayoría de los chicos lo más conveniente es que ésta sea quincenal. Cuanto más responsables sean más dilatado puede ser el período durante el cual ellos se deban administrar su dinero. ¿Y qué cantidad? Dependerá siempre de nuestro nivel adquisitivo, y del entorno. En cualquier caso debe siempre atenerse a las siguientes características: Que sea corta. Que haya sido fijada con la participación del hijo. Deben tener menos de lo que les gustaría recibir, no por capricho, sino para que aprendan a jerarquizar sus necesidades, gustos o caprichos. Habrá que ayudarles muchas veces, pero no deben tener la sensación de que se les ha programado ya cómo deben gastar su dinero. Tampoco debe ser tan corta que no les permita ahorrar nunca. Los regalos familiares, por ejemplo, se deben prever con la suficiente antelación. Si no les sobra nada no podremos enseñarle a ser generosos con su dinero. Es bueno que desde pequeños colaboren en obras de caridad, campañas de ayuda para tal país, un pequeño, pero personal donativo los domingos en Misa, etc. El dinero no constituye un fin en sí mismo, sirve para algo, y ese algo no puede ser nunca sólo nuestro capricho. Pero fomentar el ahorro tampoco puede significar, como en el ejemplo anterior, fomentar el egoísmo. No es positivo acostumbrarles a «ahorrar» sólo para sus caprichos, sin tener en cuenta las propias necesidades familiares. Un chico de trece o catorce años debe estar al corriente, por encima, sin entrar en detalles irrelevantes para él, del estado de la economía familiar. Cada gasto importante se estudiará entre todos. De esta manera se les va responsabilizando; les ayuda a sentirse más implicados en la realidad familiar. Su casa no es una fonda, y es tarea de todos el sacarla adelante. «Ayer domingo, después de comer, estuvimos hablando en casa de la necesidad de cambiar de coche. El nuestro ya tiene muchos kilómetros, y empieza a ocasionar demasiados gastos en reparaciones. Estuvimos discutiendo sobre diversos modelos, y nos preguntó cuáles nos gustarían más. Explicó lo que él cree que nos haría falta; y yo llegué a la conclusión de que acabará comprando uno de esos "ranchera" porque la verdad es que somos muchos de familia. De todas formas, mi padre me ha encargado que le compre hoy una revista que trae una descripción completa de casi todos los modelos del mercado, y los precios actuales. Estoy de acuerdo con él en que una cosa así hay que pensarla bien, porque...» Tal vez podáis pensar que este muchacho no se ajusta a la realidad cotidiana. La mayoría se imagina que si le preguntara a su hijo qué coche comprar, lo más probable sería que le contestara que un descapotable rojo que coja los 280 Km. /h con sólo rozar el pedal del acelerador. Es posible. Razónale. Estudia con él las ventajas e inconvenientes, sin reírte de él. Justifícale tu compra. Y da igual que se trate de un coche que de un taladro eléctrico o el alquiler o compra de una casa para veranear. Lo que tu hijo esta recibiendo son criterios claros... y éstos siempre dejan un poso. Quizá en la siguiente ocasión sea él el que te sorprenda sacando a relucir esos mismos criterios. Miguel Angel Esparza, Vidal Gómez, Tu hijo de 13 a 14 años, Palabra, Madrid, 1993