EL COFRE DE LAS PALABRAS M e llamo Ana Belén y quiero ser pirata. Mi hermano Juan es el corsario Frestón el tuerto, está buscando un cofre muy importante que dicen que contiene una inmensa fortuna del gran bucanero Barbarroja. Quiero mucho a mi hermano aunque, a veces, nos peleamos durante días enteros; luego se nos pasa y jugamos mucho rato juntos. Llueve torrencialmente, las olas son gigantes y la niebla espesa. Nuestro barco se tambalea de un lado a otro y el viejo armazón de madera cruje. Parece una película de miedo, pero yo no me acobardo. ¡Soy una chica valiente! Siempre quise ser navegante:¡adoro el mar! Mi madre cuenta en todas esas aburridas reuniones de familia que cada vez que me metía en la bañera, con tres o cuatro añitos, gritaba: ¡Al abordaje! Siempre quise ser aventurera, tener un loro como animal de compañía. Conseguir botines, viajar a la isla de Jamaica. Mi buena madre sonreía y me decía: «¿Para qué sirve ser pirata?, seguro que algún chivato te llevaría a pudrirte en una mazmorra inmunda». Mi madre siempre intenta protegerme. A los ocho años me hice una caja mágica y la llené de palabras para compartir: valor, valiente, exploradora, fantástico, peligro, océano, arena, prueba, cofre, invencible. Mi madre me dijo que ella quería ser poeta y que antes también guardaba un saco de palabras. Que a veces las recortaba del periódico, las metía dentro del saco, las sacaba una a una y construía versos sin ningún sentido. Mi madre decía que tampoco servía para nada ser poeta, que era solo una forma de ver el mundo. El viento amaina y una suave brisa me acaricia la cara. Mi madre solía decir que mi padre se marchó a cazar ballenas, que era un pirata filibustero. 1 Frestón el tuerto y el resto de la tripulación habíamos sido capturados por el sultán de los mares de China y su séquito. El capitán Palomeque el zurdo comenzó a interrogarnos. Querían mi cofre de palabras. Solo recibieron negaciones y silencio por respuesta. — Vuestra confesión a cambio de un refresco —nos dijeron. Frestón el tuerto no podía con su alma, hacía un calor infernal, tenía la boca seca, la cara llena de harina porque lo habían sometido a una tortura moderna llamada gincana, necesitaba con urgencia un estímulo corporal en forma de botella… ¡Qué diablos, tenía sed!, solo eran palabras. Un cofre lleno de palabras. ¿Y qué era una palabra? La representación gráfica de un sonido. Frestón el tuerto tenía tanta sed que todas las palabras del mundo le parecían expresiones vacías e inútiles… Entonces Frestón el tuerto pensó en su madre; en todas las canciones de cuna que le había cantado desde que nació, en los poemas que le susurraba al oído para dormirle mientras le besaba las sienes: «Las hadas, las bellas hadas / existen mi dulce niña / Juana de Arco las vio aladas, en la campiña…». Después de este momento de reflexión, Frestón el tuerto alzó su cabeza toda llena de harina y sentenció: «No imagino una tarea más importante que proteger las palabras de vuestra mezquindad. Podéis desposeedme de todo, pero os juro que ese cofre y toda la imaginación que hay en él va a seguir custodiado por Ana Belén». Me llamo Ana Belén y quiero ser pirata, aunque juraría por la escarcha de un carámbano que también quiero ser poeta. © Noemí Trujillo Giacomelli 2