LOS MUERTOS EN LAS BATALLAS DEL REALISMO CONTRA LA REPÚBLICA EN PASTO Presentado por: GINNA PAOLA VASCONEZ BRIGITH LUCERO MEDINA DÍAZ ANGIE STEFANNY VILLOTA ENRÍQUEZ ANGÉLICA VIVIANA ROSERO BUESAQUILLO GERALDIN MARGARITA CABRERA YACELGA JOHANA MELISSA ERASO URBANO Grado 10 Maestro acompañante: LUIS EDUARDO ERASO LÓPEZ I.E.M. MARÍA GORETTI SAN JUAN DE PASTO MARZO DE 2010 Responde a la pregunta No. 107: “En la Independencia de Colombia hubo batallas en las cuales los muertos no faltaron. ¿En dónde colocaron o enterraron a los muertos de ambos lados de la batalla?” (Ginna Paola Vasconez, Grado 8, Pasto, Nariño). LOS MUERTOS EN LAS BATALLAS DEL REALISMO CONTRA LA REPÚBLICA EN PASTO Buscar explicaciones que los actos de fuerza por sí solos no pueden brindar, donde los muertos por alguna causa, sin ella o en contra de ella, aún en su silencio dan o piden. Ese fue el reto, ir un poco más allá del relato histórico que ensalza al héroe y al ejército triunfador, para tratar de entender, en primer lugar, lo que movió a los guerreros, sus intenciones, sus intereses, la justificación de sus actos, sus debilidades y sus excesos. Como pastusos quisimos ahondar en el conocimiento de nuestra historia, de nuestra actitud regional, encontrar un lugar digno dentro de la historia nacional, para dejar de ser los renegados, la raza infame que merece ser borrada de la faz de la tierra. El tratar de responder un interrogante llevó a plantear otros más, que aunque un poco ubicados por fuera de los acontecimientos bélicos, sus respuestas van definiendo un entorno explicativo alejado del hecho bélico pero más cercano al ser humano. Los textos, los lugares históricos, las personas que saben algo de los acontecimientos porque sus abuelos, sus padres o los viejos del pueblo les han contado, los museos y la propia deducción ayudaron en este intento por responder uno, dos y más interrogantes. Se recopiló la información que el tiempo, la cámara fotográfica, la grabadora y las gafas permitieron. Se interpretó la información tomando como fundamento los argumentos de destacados historiadores regionales y nacionales; la visión desde adentro y la panorámica desde afuera. La recolección de la información necesaria para la documentación de la investigación se efectuó a través de técnicas como la entrevista, la observación, la revisión bibliográfica y de documentos escritos y virtuales. Los instrumentos utilizados fueron los cuestionarios, fichas de registro y libretas de campo. Entre las fuentes de información utilizadas están la tradición oral, los escritos y gráficos, las fuentes plásticas y las audiovisuales. Algunas de las anteriores fuentes, clasificadas como primarias, son los objetos que reposan en los museos y que corresponden a la época en que sucedieron los hechos: armas, balas, compuestos químicos, utensilios, cerámicas, mapas, sitios históricos, etc. Otras, clasificadas como secundarias y que corresponden a interpretaciones que sobre las fuentes primarias han realizado varios historiadores, son: documentos escritos, libros y plegables de presentación; videos, pinturas, fotografías, sitios de internet, páginas web, etc. No obstante, la información de cada una de las fuentes sirve para argumentar cada uno de los capítulos en que se divide el presente trabajo. En la búsqueda de respuesta al interrogante que motivó el presente trabajo de investigación, se fueron dando otros interrogantes que, tomados en conjunto y de una manera estructurada, conforman un contexto o entorno explicativo sobre las causas de las guerras de independencia en Pasto. Las consecuencias que de ello derivaron fueron la tipificación de los participantes, sus intereses y móviles; la manera como participaron y el destino de sus cuerpos cuando perdieron la vida en los combates y batallas que se dieron por la independencia o en contra de ella. Desde el punto de vista histórico, con el presente trabajo se pretende motivar a los estudiantes de la educación media en nuestra región al conocimiento y construcción de la historia regional, a partir de unos referentes sobre cómo emprender una investigación y del uso de una metodología adecuada al tema y situaciones particulares del objeto de estudio. Se adoptó como metodología la historia social, en tanto que el entorno socio-económico, cultural, interclasista, interétnico, científico, ético cobra también importancia al lado del conflicto bélico, que no logra explicar satisfactoriamente algunas particularidades de la posición de los pastusos ante el movimiento independentista. ¿EN DÓNDE COLOCARON O ENTERRARON A LOS MUERTOS DE AMBOS LADOS DE LA BATALLA? No en todos los casos, los cuerpos de los caídos en combate fueron enterrados o colocados en algún lugar predeterminado o escogido. Las situaciones apremiantes de la guerra, los factores climáticos, la topografía del terreno, las enfermedades, la letalidad de las armas, la no disposición de drogas y tratamientos médicos, la existencia o no de cuerpos de socorro y primeros auxilios, la pertenencia a una determinada etnia o clase social, el tener determinado rango militar, las prácticas funerarias, las creencias religiosas, la ideología política, el respeto por los derechos humanos y humanitarios, la moral y la ética, entre otros más fueron los factores que incidieron y determinaron en muchos casos el destino final de los cuerpos de los caídos en combate en las guerras por la independencia que, como veremos, tampoco fueron motivadas por ésta. Sin adentrarse en explicaciones, se puede responder por adelantado en qué lugares quedaron o fueron puestos los cuerpos de los muertos, como consecuencia de las guerras de Independencia: Debido a la crudeza del clima y a las condiciones inaccesibles de los lugares por los que tuvieron que desplazarse los ejércitos independentistas, muchos de los soldados murieron a causa del frío, el cansancio y el hambre; sus cuerpos quedaron en los lugares por los que transitaban al momento de su muerte. Se documenta en este trabajo el caso del páramo de Pisba. En otras circunstancias, algunos civiles que el ejército patriota tomó como prisioneros fueron arrojados vivos al caudal de ríos enclavados en las profundidades de cañones y murallas inaccesibles, según algunos historiadores, so pretexto de haber participado en alguna insurrección. Como un acto de violación flagrante de los derechos que asisten a los civiles o a los prisioneros de guerra, se trae el caso de las batallas libradas en Pasto. Concretamente, las retaliaciones de que fue objeto el pueblo pastuso después de no acatar las capitulaciones de junio de 1822 y de sublevarse nuevamente a favor del rey de España, Fernando VII. Se menciona un caso en el que no se pudo establecer dónde quedaron los cadáveres de dos hombres que fueron acusados, el uno de ser espía en el ejército patriota y el otro de traidor cuando cayó prisionero del ejército realista. El primero fue juzgado y decapitado y el segundo fue condenado a morir apaleado. El 13 de julio de 1824 es fusilado en Popayán el legendario coronel realista Agustín Agualongo. Este indígena pastuso se vinculó a las milicias realistas en el año de 1811 a los treinta y un años de edad, cuando formó parte de todos los ejércitos realistas que se opusieron a la independencia desde el sur de la Nueva Granada. Sus restos mortales reposan en el templo de San Juan en la ciudad de Pasto. (Ver figuras 1 y 2). En los sucesos de la Batalla de Bomboná es herido en la cabeza el coronel Pedro León Torres. Muere a los tres meses en Yacuanquer, en la casona de la vereda La estancia, el día 22 de agosto de 1822. En la iglesia del pueblo reposan los restos del general y en el centro del parque se yergue una estatua en su honor. Enrique Herrera Enríquez (2007) al referirse a los acontecimientos posteriores a la Batalla de Bomboná y con respecto a los muertos de su tropa dice: “Ocho días permaneció Bolívar con su diezmada tropa en los campos de Cariaco enterrando sus muertos y curando sus heridos” (Herrera, 2007, p. 93). Otra cosa dicen algunos pobladores que han escuchado de sus antepasados otros relatos. Antes del año 1827 aún no se habían reglamentado por ley los cementerios. Sin embargo, es seguro que muchos de los combatientes en las campañas libertadoras fueron enterrados. Otros no corrieron con la misma suerte y sus cuerpos fueron presa de las aves de rapiña o del fuego de las piras que se armaron para incinerarlos. En cuanto a estos sitios –los cementerios– donde bien pudieron colocarse a los muertos que resultaron de las batallas de independencia, Gutiérrez Ramos hace alusión a la existencia de estos lugares ya en el año de 1823. En ese año comienza la rebelión eminentemente campesina y autónoma. Sólo en ese momento los indígenas intervienen como voluntarios tanto en la dirección de la misma –Agualongo, Calzón, Canchala, Toro, Angulo– o como participantes de las guerrillas y ejércitos que enfrentaron a los republicanos. La mayoría de ellos provenía de los más de veinte pueblos que rodeaban a Pasto y llegaban a ella dos veces por semana: el día de mercado y el día de la doctrina, que eran aprovechados por los amos y doctrineros para cobrarles la mita urbana en forma de servicio personal: barrer las calles, asear las iglesias, limpiar el cementerio. Observando un mapa de Pasto del año 1816, entre los espacios y áreas dedicadas a los edificios, templos y otras edificaciones no aparecen aún los cementerios. Este mapa, al que se hace referencia, fue ordenado por Pablo Morillo en el año indicado al comienzo. (ver mapa 1). Por lo anterior, se presume que los cementerios pasaron a formar parte del ordenamiento urbano de la ciudad entre los años 1816 a 1823. Sin embargo, cabe señalar que la costumbre de enterrar a los muertos en un lugar destinado exclusivamente a ese efecto – entiéndase en un cementerio– data del año 1827, cuando Simón Bolívar, siendo presidente de Colombia, ordena por decreto la creación en Bogotá del actual Cementerio Central a fin de modificar la costumbre de enterrar a los muertos en las iglesias (“Cementerio Central”, s.f.). MAPA1. Fuente: (“Plano de la ciudad de Pasto”, 1816) Se pueden identificar una serie de factores que influyeron y determinaron la decisión final sobre el lugar donde quedaron los cuerpos de los caídos en las batallas de independencia: Factores climáticos, los afanes y presiones de la guerra, las visiones de la muerte que manejaba cada grupo social, el tipo de armas utilizadas y su grado de letalidad, la existencia de drogas y los avances en el campo de la medicina, el acatamiento de normas de guerra y normas de carácter ético y moral. Como resultado de los combates por la independencia, algunos cuerpos de muertos quedaron congelados en los páramos; eran cuerpos de soldados indígenas que fueron vencidos por el cansancio, el frío, el hambre y los abismos, sofocados bajo el agua. Otros cuerpos sin vida fueron quemados en piras construidas con urgencia, por el afán de la guerra; otros fueron tirados, muchos aún con vida, al caudal de ríos profundos y torrentosos. Cuerpos que fueron descuartizados con sevicia y sed de venganza, primero torturados o castigados y luego apaleados, decapitados, impactados con descargas de fusilería en patíbulos hechos para escarmentar; cuerpos que quedaron agonizantes y fueron rematados con palos y machetes, cuerpos que no soportaron las enfermedades o simples heridas que bien pudieran haber sanado con un simple antibiótico. Así quedaron los cuerpos de los caídos en las batallas de independencia. Algunos de ellos fueron recogidos como algo valioso, importante y simbólico. Esos cuerpos eran los de hombres importantes, más que los indígenas campesinos, los negros, los zambos y que los desposeídos. Así quedaron. Pero mejor se eligió hablar de la muerte en general, del ambiente que rodeó a los que murieron, de los intereses que los movieron a luchar y morir, de sus creencias, de sus riquezas o miserias, de sus temores, de las clases de heridas que recibieron y de las armas los hirieron etc. FIGURA 1. Fuente: 1 FIGURA 2. Fuente: 2 Fueron enterrados en lugares destacados de las ciudades, los indígenas pastusos que, como Agustín Agualongo, fueron fusilados al negarse al indulto que les ofrecieron las tropas enemigas –como ventaja del rango militar e importancia que alcanzaron dentro las tropas realistas– a cambio de la conversión al republicanismo. Los sacerdotes, por su parte, no permanecieron ajenos a los movimientos en pro o en contra de la independencia. Jairo Guerrero (2009), refiere cómo Caicedo y Cuero, afecto al movimiento independentista y como presidente de la Junta Provisional de las Ciudades amigas del Valle del Cauca, publica una declaración –el 1o de Febrero de 1811–en la que denuncia la influencia perniciosa del clero, en estos términos: “el fanatismo y poco discernimiento y comprensión de la religión y de los derechos del hombre (de) ciertos clérigos que deshonran la santidad de su ministerio” (Gutiérrez, 2007, p. 177). En cambio otros –como el cura de Buesaco, Pedro José Sañudo– manifiestan haber dedicado toda su influencia a predicar a favor del Rey y su santa causa, incluso haber tomado la espada y el fusil para apresar a otros religiosos –el capellán fray Manuel María Rodríguez– predicadores de las tropas independentistas. Lo cierto es que los curas participaron del lado de uno u otro bando en el papel de espías, enlaces y dirigentes militares al frente de sus propios feligreses (p. 178). La oposición del clero regular pastuso a la República se explica si se tiene en cuenta que en la época de la promulgación de la Ley fundamental de Colombia, mejor conocida como Constitución de Cúcuta, también se expidió la ley sobre conventos del 6 de agosto de 1821, que suprimía los conventos de regulares de menos de ocho religiosos y transfería al Estado sus bienes temporales. Al momento de expedida la ley, ningún convento en Pasto cumplía con la condición estipulada. También el clero estuvo a un nivel elevado de mando de los ejércitos, como en el caso del obispo Salvador Jiménez de Enciso, líder ideológico y soporte económico del realismo payanés, quien emigrado del norte después de la derrota de Pitayó se refugió en Pasto, en donde formó parte de una Junta de autoridades presidida por él mismo y de la que también formaban “ […] parte el teniente gobernador, los alcaldes y regidores del ayuntamiento y 1 2 Nota del editor: Referencia incompleta en el original y en proceso de verificación por los autores. Nota del editor: Referencia incompleta en el original y en proceso de verificación por los autores. los superiores de las órdenes regulares con asiento en Pasto. No sólo fueron las armas, los disparos, las heridas hechas con lanzas, con machetes y hasta con piedras que causaron la muerte a los combatientes de los bandos en contienda, hubo otros rivales a los que enfrentar y vencer o de lo contrario morir”3. Bolívar hizo referencia muchas veces a esos enemigos incontrolables e insalvables en que se constituyeron los factores climáticos –la lluvia, el frío, el calor, la topografía–, que también cobraron sus propias víctimas en los ejércitos, especialmente en el caso del ejército patriota, como bien lo documentan muchos historiadores. Sergio Elías Ortíz narra en una de sus obras, en el capítulo dedicado a Bomboná, cómo en su tránsito a Pasto “el mal clima del Patía le acabó con la gente al General Pedro León Torres, hasta el punto de que en pocos días tuvo bajas de “hasta 700 hombres muertos y desertores y se vio precisado a retroceder” (Ortíz, p. 327). “Y en cuanto a la guerra, tanto la topografía como el clima han sido factores determinantes de muchas victorias y derrotas” (Gutiérres, 2007, p. 39) y, aunque no hubiese sido así, por lo menos si fue causa de muchas bajas aún sin haber combate, caso del paso por el páramo de Pisba. Germán Arciniegas nos relata cómo el alcalde de Pisba, José Antonio Bernal, estando de cacería en el páramo “cuando dio con algo extraño. Primero, una calavera. Luego, cavando, veinticuatro más. ¡Y muchos huesos y lanzas! ¡bayonetas! Entre el delirio y un cierto temblor sagrado, exclamó: ‘por aquí pasó el Libertador’. Exactamente, hace ciento cincuenta años” (Arciniegas, 1973, pp. 79-80). Por accidente se encontró con unos restos humanos y unas armas, entre las que figuraban lanzas llaneras y otras armas blancas que bien pudieron pertenecer al ejército comandado por Simón Bolívar, que en el año de 1819 cruzó este paso para vencer al ejército realista en el Pantano de Vargas y luego volver a triunfar en la Batalla de Boyacá. A nivel regional, Benhur Cerón (2009), al referirse a la campaña del sur llevada a cabo por el general Antonio Nariño, relata cómo después de haber superado el paso del Juanambú, “Nariño prosigue y en el escarpado terreno se despeñan casi todas las mulas con la pesada carga de artillería” (p. 98). Aymerich, puesto al tanto de esta situación, sale a enfrentar a Nariño en el sitio de Cebollas cerca de Buesaco y pese a que cuenta con 1 250 combatientes y 450 hombres de reserva es derrotado por Nariño, que avanza con la intención de ocupar Pasto, pero “una granizada retrasa la artillería y obliga a la vanguardia a pernoctar en el monte donde algunos soldados sucumben de frío. Nariño continúa con sus hombres hambrientos, desorganizados y sin artillería” (p. 100). En cuanto a la topografía de las regiones aledañas a Pasto, Edouard André (1884), citado por Benhur Cerón Solarte, concluye que “antes de enfrentar al enemigo, los ejércitos tienen muchas bajas al tratar de sobreponerse a las dificultades de las vías, la alimentación, cansancio y la penosa tarea de cargar cañones y toda suerte de pertrechos” (p. 80). ¿Qué sucedía con los cuerpos de estas bajas? Quizá lo que las circunstancias de la guerra permitieran: enterrar o quemar a unos, cuando el tiempo y el clima daban margen para ello; 3 Nota del editor: Referencia incompleta en el original y en proceso de verificación por los autores. dejarlos en los lugares donde fallecían, cuando sus cuerpos quedaban en lugares inaccesibles o eran arrastrados por las corrientes de los ríos; rescatarlos y transportarlos cuando se trataba de militares de alto rango o soldados extranjeros o gentes de jerarquía. Están los casos de Agualongo, de Caicedo y Cuero, de Macaulay y Pedro León Torres. Al referirse a los hechos posteriores al 20 de julio de 1810, Benhur Cerón (2009) comenta cómo después de instalarse en el Valle del Cauca la junta republicana de las ciudades confederadas –fuerzas al mando Joaquín Caicedo y Cuero– después de derrotar al gobernador de Popayán, Miguel Tacón, y a sus fuerzas compuestas de pastusos y negros liberados de la esclavitud continúa a Pasto a través del Valle del Patía, conocido también en esa época como el ‘valle de la muerte’, pero Antonio Baraya y su batallón padecen de fiebre y tienen que regresar a Popayán. A lo anterior se suman frecuentemente los hostigamientos de la guerrilla, la delincuencia, lo malsano del clima, la falta de alimentos, falta de atención médica y una vegetación hostil que cobran cientos de vidas aún antes de enfrentar el profundo cañón del río Juanambú y a las milicias pastusas (p. 84). En las confrontaciones bélicas entre realistas y republicanos una gran cantidad de bajas se dieron como consecuencia de las heridas causadas por las armas de fuego: fusiles, cañones y pistolas. Benhur Cerón en alusión al mismo hecho describe cómo los dos ejércitos quedan destrozados y sin municiones después del combate en Bomboná. Bolívar y García reclaman el triunfo y firman un armisticio. Este lapso es aprovechado por los dos ejércitos para reagrupar a los hombres, recuperar el armamento e incinerar los cadáveres. Bolívar sólo cuenta ahora con 1 300 hombres, menos de la mitad de los que tenía cuando salió de Popayán y “la mayor parte en un estado deplorable por las enfermedades, cansancio, las heridas y el hambre, que apremian por el cerco realista que no les permite obtener provisiones” (2009, p. 98). Se menciona aquí el caso de un herido famoso en la Batalla de Bomboná. Se trata del caso del general Pedro León Torres que, en el fragor de la batalla contra los realistas pastusos, recibió una herida de bala en la cabeza, posiblemente disparada por un fusil o una pistola. Relata Enrique Herrera Enríquez (2007) que este venezolano, cuyo nombre de pila era Pedro León de la Trinidad Torres Arrieche, provenía de una familia de holgura económica cuyos padres poseían haciendas con diversidad de cultivos y ganado (p. 57), en Carora – ciudad donde nació– y en Arenales Tanto él como sus otros seis hermanos se enlistaron en los ejércitos patriotas (p. 51), el 29 de enero de 1821. Gracias a sus excelentes condiciones Bolívar lo nombra Jefe del Ejército del Sur. En la batalla de Bomboná Bolívar perdió una gran cantidad de soldados “en menos de veinte minutos ochenta hombres y algunos heridos”4. 4 Nota del editor: Referencia incompleta en el original y en proceso de verificación por los autores. Después de la Batalla de Bomboná, Bolívar permaneció en los campos de Cariaco durante ocho días enterrando a sus muertos y curando a sus heridos (p. 93) y otro tiempo más en la Hacienda San Antonio de Bomboná, que todavía sigue en pie. A petición de Bolívar, el coronel don Basilio García, comandante general del Estado Mayor de las fuerzas españolas en Pasto, ordena el traslado del “general Pedro León Torres hasta Yacuanquer, a la casona de la vereda la Estancia donde aún existe” (p. 95). El general Pedro León Torres es atendido en la casona que le sirve de hospital, durante cuatro meses, por dos de las hermanas de Tomás de Santacruz: Pastora y Maximiliana. El día 22 de agosto de 1822 muere el general Pedro León Torres. Sus restos aún permanecen en el templo de la población y en su honor el gobierno de Venezuela obsequió un monumento que se yergue en la plaza principal de Yacuanquer. Como ya se reseñó el caso del general realista Agustín Agualongo, en esta parte se hará referencia a Joaquín Caicedo y Cuero, afecto al movimiento independentista. El 1o de febrero de 1811, como presidente de la Junta provisional de las ciudades amigas del Valle del Cauca, logra un acuerdo de capitulación con el cabildo de Pasto y entra a la ciudad que estaba bajo el control de los quiteños. Sigue hacia Quito después de dejar instalado un cabildo en Pasto, donde por primera vez en muchos años no figura ningún miembro del clan Santacruz. En su ausencia se inicia una rebelión, que fracasa, contra los republicanos. Joaquín Caicedo regresa rápidamente pero es víctima de una revuelta organizada por los patianos. Éstos junto con algunos pastusos derrotan a los republicanos el 20 de mayo de 1812 y capturan a Caicedo y Cuero en la población de Catambuco. Los caleños envían sin éxito un ejército en su rescate. Dos meses más tarde, en un nuevo intento, los pastusos se ven obligados a rendirse y a pactar un armisticio y Caicedo y Cuero es rescatado. En hechos no muy claros, de nuevo los pastusos y los patianos atacan y capturan a Caicedo y Cuero junto con el comandante de la tropa republicana, el coronel norteamericano Alejandro Macaulay. Ambos fueron fusilados en Pasto en enero de 1813 (Gutiérres, 2007, p. 179). Gerardo León Guerrero Vinueza (1994) refiere cómo Salom, nombrado por Bolívar gobernador militar de Pasto, luego de la toma cruenta de la ciudad por parte del general Sucre y después de todos los excesos de la tropa contra la población: Tomó prisioneros a catorce ciudadanos distinguidos de la ciudad bajo el pretexto de que habían participado en la rebelión y ordenó al teniente coronel Cruz Paredes que los matara donde pudiera e hiciera desaparecer sus huellas. Así lo hizo Paredes; con el pretexto de llevarlos para Quito, al llegar al Guaítara, donde el río forma un abismo, hizo atar espalda con espalda, por parejas, a los catorce patricios con otros presos señalados como sospechosos y él mismo, porque sus soldados se resistían a hacerlo, los empujó al abismo (Guerrero, 1994, p. 145). Se puede deducir que esta forma de ejecución no permitía la recuperación inmediata de los cuerpos de los sentenciados, pero quedaba la posibilidad de que en el recorrido del río los cadáveres fueran rescatados o encontrados río abajo en las riveras. En otro pasaje de la campaña del sur, llevada a cabo por Antonio Nariño, Díaz del Castillo (2005), citado por Benhur Cerón (2009), refiere cómo el ejército realista se desorganiza por momentos para luego volverse a reagrupar y hacer recular a los republicanos Aproximadamente medio centenar de ellos fueron “despeñados por la escarpada barranca que tiene el río Juanambú” (2009, p. 98). Una imagen actual del paso al cual se hace alusión se puede apreciar en la figura 3 y figura 4. Al fondo se observa el puente del Socorro, “construido para reemplazar el puente del Boquerón del sector Aguadita destruido por las avalanchas del volcán Doña Juana, construido en mampostería y argamasa, materiales de la época. Este puente se construye por ordenanza n.o 11 de abril 21 de 1903, por la Gobernación del Cauca” (Plegable promocional de la Fundación Antonio José de Sucre). Entre las armas livianas de fuego, el fusil era una de las más utilizadas por los ejércitos republicanos y patriotas en las batallas de independencia. Estos fusiles eran de chispa, con una estructura de hierro fundido, de una longitud total desde la culata hasta la boca del cañón que iba de 1,39 a 1,47 metros. El fusil se portaba colgado por medio de una correa pasada por dos anillas colocadas en la caja. La base de la bayoneta terminaba en un cilindro hueco acodado que permitía ponerla en la boca del fusil, de modo que quedaba asegurada por un pequeño resalte rectangular que tenía cerca de la boca y que calzaba en la ranura del cilindro hueco, al hacerla girar. Así era el fusil normalizado en las compañías de fusileros, pero las compañías de Cazadores y los regimientos de Dragones e infantería montada usaban un fusil corto más liviano, de las mismas características que los mencionados arriba. Abajo, en las figuras 3. y 4. pueden apreciarse piezas que se encuentran en el museo de la Fundación Juan Lorenzo Lucero en la ciudad de San Juan de Pasto. FIGURA 3. Fuente:5 FIGURA 4. Fuente: 6 5 6 Nota del editor: Referencia incompleta en el original y en proceso de verificación por los autores. Nota del editor: Referencia incompleta en el original y en proceso de verificación por los autores. En las imágenes siguientes se pueden apreciar balas que fueron recogidas en los sitios donde se libraron los combates de la Campaña del Sur, a orillas del río Juanambú. FIGURA 5 Fuente: 7 Los sables y las pistolas completaban el armamento del cual eran dotados algunos escuadrones. Las bayonetas, las espadas, las lanzas y un sinnúmero de armas blancas también fueron de uso frecuente entre las tropas independentistas y realistas, No faltaron, además, los machetes, los instrumentos de labranza, garrotes, piedras y hondas. En cuanto a la artillería –es decir, uso de cañones, obuses y morteros–, se puede conjeturar que el cañón y el obús fueron los más utilizados en las guerras de independencia, en particular el último, similar a los cañones por su composición. Se diferencian de éstos por tener tubos más cortos y por la posibilidad de realizar tiros con grandes ángulos de elevación –mayores a 45 grados–. Por ello, son especialmente aptos para ser empleados en la montaña y en el monte (selva). (Ver figura 6). Los cañones también eran utilizados en muchas de las campañas libertadoras. El cañón lanzaba un proyectil esférico, macizo (bala rasa), de fundición de hierro del tarro de metralla (cilindro de hojalata relleno de balines de plomo o de bronce, recortes de metal, clavos, etc.). FIGURA 6. Fuente:8 7 8 Nota del editor: Referencia incompleta en el original y en proceso de verificación por los autores. Nota del editor: Referencia incompleta en el original y en proceso de verificación por los autores. En la Batalla de Bomboná, realizada el 7 de abril de 1822, el coronel Basilio García se disponía a combatir con un ejército compuesto por alrededor de 1 055 combatientes, repartidos en tres batallones de infantería y armados con dos cañones violentos. Mientras que el general Pedro León Torres contaba con dos batallones de infantería y dos escuadras de caballería con los que pretendía ganar esta fuerte y dura batalla. Según se pudo establecer, las drogas en la época de la Colonia e Independencia no venían en compuestos listos para ser usados, por el contrario, se tenían que preparar en el momento, combinando los componentes químicos que eran necesarios y en las debidas proporciones. Ver figura 7. FIGURA 7. Fuente: 9 En cuanto al tema de las drogas y medicamentos, se puede afirmar que la mayoría de las heridas recibidas por los soldados en los combates, bien sea producidas por armas de fuego, con armas blancas o con armas contundentes; para la época resultaban letales porque las drogas y los tratamientos no eran lo suficientemente eficaces y la disposición de facultativos, como se llamaban a los médicos en esa época, no era algo generalizado sino más bien una particularidad. Durante las guerras de independencia, en la región no se evidenciaron avances en cuanto al tratamiento de los heridos en combate. Aunque se emplearon métodos conocidos en Europa gracias a la influencia de la legión británica, que contaba con médicos y militares liderados por el cirujano inglés Thomas Foley. Por su iniciativa se creó el cuerpo de sanidad con médicos militares patriotas, a quienes se les asignó un grado y un uniforme. Cuando la fuerza expedicionaria de Pablo Morillo llegó a la Nueva Granada trajo consigo equipo sanitario para dos tipos de hospitales; uno fijo o estacionario y otro ambulante, con un médico en cada batallón de infantería. Así, se crearon los hospitales dedicados exclusivamente al tratamiento de los heridos en combate llamados ‘hospitales de sangre’, denominación que duró a lo largo del siglo XIX. Se trataba de chozas de palmas montadas en los pueblos cercanos a los combates. 9 Nota del editor: Referencia incompleta en el original y en proceso de verificación por los autores. Entre los médicos patriotas el más destacado fue el doctor José Merizalde, quien cursó sus estudios de Medicina en la escuela del Rosario y se retiró del Ejército con el grado de teniente coronel, después de una brillante carrera no exenta de vicisitudes. A él se deben muchas de las normas preventivas y de higiene de los ejércitos libertadores. Escribió el Epítome de los elementos de higiene. La concepción que se tenga sobre la muerte, bien sea desde el punto de vista religioso, desde las prácticas de higiene o desde las costumbres y tradiciones, condiciona las prácticas fúnebres de las diversas culturas. Se podría suponer que las tradiciones funerarias ancestrales, con algunas modificaciones leves dadas por la lógica del cambio y las adaptaciones, serían las que se pondrían de manifiesto en el caso del tratamiento dado a los muertos de las batallas de independencia. Lo cierto es que, dadas las particularidades de la composición interracial de la población y la diversidad cultural resultante de un encuentro arrasador, estas visiones y tradiciones ancestrales no fueron las que prevalecieron. Los indígenas pastusos que habitaban el territorio que hoy ocupa la actual ciudad de Pasto y que corresponde a un asentamiento Quillacinga, al igual que otras agrupaciones, practicaban el enterramiento de sus seres queridos como una costumbre funeraria generalizada en las diferentes comunidades indígenas de Nariño y otras regiones. Los restos humanos encontrados en algunas excavaciones arqueológicas, cuyas piezas reposan en algunos de los museos de la ciudad de Pasto como el Museo del Oro Nariño o el Museo Juan Lorenzo Lucero, confirman lo antes dicho. Aún en tiempos de guerra se debe observar un trato humano con los vencidos y los ajenos a los conflictos. La guerra siempre ha estado sujeta a ciertas leyes y costumbres, a las normas dictadas por las antiguas civilizaciones y religiones. El trato conferido a los prisioneros, a los heridos y a los civiles en los enfrentamientos bélicos propios de las guerras de independencia presenta unas características que hacen pensar que el trato humano respetuoso y sujeto a las normas dista mucho del deber ser. Es más bien selectivo. Existieron múltiples lugares donde pudieron quedar los cuerpos de los caídos en las batallas de independencia: –Los cuerpos de los combatientes quedaron sepultados o insepultos en el mismo campo de batalla, cuando por las circunstancias apremiantes de la guerra no se pudieron trasladar a ningún otro lugar. –Cuando las batallas dejaban un alto número de muertos, como en el caso de la batalla de Bomboná, se procedió a incinerarlos utilizando la pólvora como combustible. –En muchos casos, los cuerpos de los combatientes quedaron abandonados y sin sepultar porque fallecieron en los lugares por donde tuvieron que desplazarse, por factores como el frío, las enfermedades, el hambre o el cansancio. –Cuando se trató de prisioneros que fueron ejecutados, se dieron dos posibilidades: el o los prisioneros fueron sentenciados y luego fusilados, el o los cuerpos eran entregados a sus familiares o amigos. En otros casos los prisioneros fueron ejecutados sin fórmula de juicio y con métodos extremadamente perversos, como arrojándolos a un abismo en cuyo fondo corría un río, por supuesto, los cuerpos eran prácticamente irrecuperables. –En muchas de las batallas se acordaron treguas para recuperar los cuerpos de los muertos. En esos casos los muertos se enterraron en fosas individuales, cuando se trataba de personas con rango militar o eran personas pertenecientes a las élites Se enterraron en fosas comunes cuando se trató de un número elevado de bajas y más cuando pertenecían al campesinado indígena o a las negritudes. –Se cree que los civiles que murieron como consecuencia de las represalias que con sevicia se tomaron en su contra, en la mayoría de los casos, fueron sepultados en fosas comunes debido a su elevado número y por quedar la población numéricamente reducida. Un ejemplo de este evento se encuentra en el caso de la ‘navidad negra’, en el año 1922. –El que los indígenas actuaran de forma subordinada en las guerras de independencia y luego lo hicieran de forma autónoma incidió también en el destino de sus cuerpos después de la muerte. Caso de Agustín Agualongo, quien seguramente no hubiese obtenido ningún reconocimiento de estar bajo el mando de los españoles o de jefes pertenecientes a las élites al momento de su muerte. – Las prácticas funerarias prehispánicas sólo corresponden a esa época, ya que al momento de la independencia habían sufrido el mismo proceso de arrasamiento que otras tantas manifestaciones culturales. –Circunstancias que determinaron el número de muertos en las batallas de independencia fueron: el nivel de avance tecnológico de las armas utilizadas, las drogas y asistencia médica a los heridos, los factores climáticos y topográficos, la aplicación de las normas del derecho de guerra, el respeto de los acuerdos y armisticios, la calidad ética de las personas que les correspondía tomar decisiones. –La razón que motivó la participación de las élites y del clero en las batallas de independencia fue la necesidad de salvaguardar sus privilegios, eso mismo motivó los pactos y acuerdos que inicialmente hicieron con Bolívar y a los cuales se opusieron los indígenas pastusos. –Es raro, pero la historia de Pasto conmemora el bicentenario desde una orilla opuesta al movimiento republicano. Con el convencimiento, después de terminado este trabajo, de que no se defendió al Rey ni tampoco a Dios. Sólo se defendieron la región, la paz, los bienes, las mujeres y la familia. BIBLIOGRAFÍA Arciniegas, Germán. (1973). Transparencias de Colombia. (vol. II). Bogotá: Biblioteca Colombiana de Cultura (Colección Popular). “Armas de la guerra de Independencia”. (s.f.) Recuperado del sitio web Razón y Fuerza http://razonyfuerza.mforos.com/549916/9195068-armas-de-la-guerra-deindependencia/ Belda, María. (s.f.) “Batalla de Bomboná”. Recuperado del sitio web Monografías.com http://www.monografias.com/trabajos11/lsbatbol/lsbatbol.shtml Canal A & López Abella, Jorge (Producción). (1993). Crónicas de una generación trágica. “Los Comuneros”. [Serie de televisión]. Colombia: Canal A. En: Colección Bicentenario. Bogotá: Ministerio de Educación Nacional. “Cementerio Central”. (s.f.). 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