(In) Existencia Para E.V. Hechos, realidades, cosas concretas, nada de eso despertaba su interés. El mundo de las probabilidades era el dueño de toda la atención de la pequeña Eileen; ¿Qué pasaría si...? Era una pregunta más que recurrente en su día a día. El tiempo y sus posibilidades se dibujaban en su mente como un árbol con un número ilimitado de ramas que partían del mismo tronco: el presente. Al despertar una mañana, después de un sueño intranquilo, encontróse Eileen con que el reloj marcaba 15 minutos después de las seis, se le había hecho tarde para ir a la escuela. Se levantó casi inconscientemente y se preparó como una autómata; su mente seguía divagando entre los laberintos de cristal del tiempo. ¿Si cambio mi peinado hoy, qué repercusiones tendrá en una estación de tren en Tokio en diez años…? Caminaba por la acera y erigía pensamientos como enormes torres de vigía, unas tras otras para luego derrumbarlas desencadenando un formidable efecto dominó. Miró de nuevo su reloj: siete y media, se le había hecho demasiado tarde, pero extrañamente no se preocupó, la mente de Eileen no podía preocuparse por nimiedades como lo que pueda sucederle a una niña de quince años de camino a la escuela; toda ella estaba en otro lugar; estaba en el jardín de senderos que se bifurcan. ¿Qué cosas serían diferentes en el mundo si aquella mañana de abril no hubiese matado a la cucaracha que apareció en mi cuarto? Las posibilidades abarcaron su mente, se encontró pensando en el rechazo de las alternativas: Cuando se nos presenta una decisión, por nimia que sea, desechamos un sinnúmero de eventos, de futuros, de hechos que pudieron haber sido, y es sino de esa manera que vamos erigiendo nuestro presente. El hombre no es más que el complemento de las alternativas que desechó en el pasado. La acera comenzó a comprimirse, se deformaba, se fragilizaba… la realidad se desfiguró a tal punto que debajo de los pies de Eileen no hubo más que una masa amorfa de eventos que se proyectaban como pequeñas habitaciones en un enorme hotel; habitaciones que ella visitaba en un intervalo atemporal, eventos sucedidos de tal manera que derivaban a varios más que derivaban cada uno a otra cantidad; tal que, cada vez que Eileen visitaba una de ellas, la cifra no hacía más que aumentar: cada visita representaba una proporción infinitesimal en el universo que se volvía cada vez más pequeña. El número de proyecciones posibles no era infinito; sin embargo, y dado que cada uno derivaba a muchos que derivaban a más y más… la cifra aumentaba acercándose cada vez más al infinito, ilimitadas posibilidades que sucedían una y otra vez y se le presentaban a la pequeña en explosiones de color azul en paredes blancas, la noche estrellada aparecía frente a sus ojos, y luego la realidad (o la concepción actual de realidad) se deshilachaba frente a sus ojos, como si alguien hubiese retrocedido ese apacible proceso de tejer una bufanda. Eileen no podía con tanto, su mente no podía procesar tanta información: todo el futuro, todos los posibles futuros, eran presentados a ella de una manera donde creía poder intervenir en ellos: el futuro de la humanidad era suyo. Ya ni siquiera sentía su cuerpo, su alma se había elevado a ese plano donde el tiempo no es más que un hotel y los eventos no son más que habitaciones que aparecen y se multiplican como una colonia de bacterias. Sentía que ya no era una insignificante humana, que el tiempo ya no era para ella un simple concepto abstracto del que sólo es parte como observadora o como títere; cuál Chronos, ella podía ver el universo como un huevo primigenio donde todas las acciones eran suyas, veía las ramificaciones de cada acción insignificante, como el aleteo de una mariposa. El tiempo se volvía material frente a ella, un canal esmeralda brillante que contenía el pasado, presente y futuro, y que podía ser modificado con sólo pensarlo en ese intervalo atemporal que se había vuelto su (in)existencia. Podía ver lo ilimitado de las acciones y sus consecuencias, ella era la entelequia de la omnisciencia. Sonrió, o al menos creyó sonreír: Lo había logrado… En la silla mecedora frente a la acera, un desconcertado de señor de más o menos medio siglo de vida marca las tres cifras del número de emergencias al ver frente a su casa a esa niña que convulsiona en el suelo mientras la gente de a poco se acerca gritando. -… -911, ¿Cuál es su emergencia? Osman Archaga