Cuando nació Jean-Baptiste Grenouille allá por el siglo XVIII en París, Francia, no tenía la suerte de su lado. Su madre, una pobre vendedora de pescado del mercado, ya había dado a luz varias veces, y todos los bebés habían terminado muertos debajo de su mesa de despedazar pescados. El nacimiento de Jean-Baptiste, no fue la excepción, su primer contacto con el mundo fue dramático. Cayó entre vísceras y restos al piso. Solo que esta vez, el bebé no murió, con un chillido alertó a quienes caminaban y la madre fue ejecutada por asesina. Ya de por sí, este comienzo es impactante y perfila lo que sería una de las personalidades más extrañas de la literatura. Este niño fue rechazado desde bebé porque a muchos les parecía diabólico. Fue resistente a las enfermedades, a las golpizas, a intentos de asesinato, a caídas. Definitivamente tenía un propósito. La particularidad que lo hacía un ser único, era su privilegiado olfato. Jean-Baptiste podía más que ver, oler, identificar, descomponer. Su nariz no se fijaba en la gente, sino en sus olores corporales. Es así como va creciendo este muchacho parisino, feo, pequeño, jorobado, con marcas en su rostro por su trabajo de curtir cuero. Un día, le pide trabajo a Baldini, un perfumista otrora famoso que ya había perdido su olfato. La llegada de este joven insignificante, le da nuevos aires al negocio. Jean-Baptiste demuestra lo bueno que es y comienza a elaborar los mejores perfumes que se hayan conocido. Esto trae prosperidad al negocio. Es en esta etapa de la vida de Grenouille cuando comienza a desarrollar su instinto asesino. El olor de una doncella pelirroja lo atrae y la mata para aspirar su olor, capturar su esencia. Podría decirse que este particular personaje sembraba la desgracia y la mala suerte a su paso. Madame Gaillard quien lo recibe en un convento y lo aloja durante su infancia, termina pobre y muere junto con otras desconocidas. La entierran en una fosa común. Baldini, quien había hecho mucho dinero gracias a Jean-Baptiste muere junto a su esposa cuando se derrumba su casa. Se pierden las fórmulas de los perfumes y todo su dinero. La segunda parte del libro narra una evolución en el personaje central. Éste emprende un viaje hacia el campo, Los olores comienzan a cambiar y ya no aspira la podredumbre y fetidez, sino los olores de la naturaleza. Allí desarrolla una megalomanía paranoica, vive en una cueva, alejado de la civilización, comiendo insectos y otros animales, sin bañarse, ni poder verse. Es un ermitaño que se cree el rey de un reino de sirvientes invisibles. Sin hablar con nadie, soportando temperaturas extremas en el invierno. Así vive durante 7 años. El final de su aislamiento ocurre cuando se da cuenta de que él no tiene olor. Qué paradoja, oler hasta lo más mínimo pero no poderse oler a sí mismo. Decide aparecer en las cercanías de la ciudad de Pierrefort y su presencia causa un impacto terrible. Parecía un cavernícola con el cabello hasta las rodillas, las uñas largas, la ropa andrajosa. Allí es tomado bajo la protección del marqués Taillade-Espinasse quien trata de demostrar su teoría del fluido terrestre letal. Bajo sus cuidados, Jean-Baptiste vuelve a ser una persona nuevamente, se mira en un espejo después de tantos años y apenas se reconoce. El marqués lo exhibe como un trofeo. Y gracias a un perfume, la audiencia se engaña y alaba la teoría del fluido vital. Jean-Baptiste queda reducido a la nada. Sus partes son devoradas por estos hombres, sin remordimientos, y con el ánimo tranquilo. Así fue el final de un ser despreciable que mató para satisfacer su vanidad, para saciar su instinto de supremacía. Fue el final del asesino de doncellas. Patrick Süskind logra crear un relato fascinante. En tercera persona, con pocos diálogos. Nos presenta el perfil de un asesino, misógino, asexuado, resentido socialmente, que desprecia a la raza humana profundamente. Obsesivo y con un don, que se vuelve su perdición. Una novela publicada en 1985, interesante, auténtica y de la más pura ficción. Un París diferente al glamour, que nos impacta con sus contrastes. Süskind narra cómo una ciudad puede ser conocida por los olores de su gente y de sus calles. Y a la final, un perfume es solo una máscara, en el caso de Jean-Baptiste, un disfraz para ser poderoso y dominar a la sociedad.