Los tres meses que trabajé en La Crónica, entre el cuarto y el último año de secundaria, provocarían grandes trastornos de mi destino. Allí aprendí, en efecto, lo que era el periodismo, conocí una Lima ignota hasta entonces para mí, y por primera y última vez, hice vida bohemia. Si se piensa que no había cumplido aún dieciséis años —los cumplí ese 28 de marzo—, la impaciencia con la que quise dejar de ser adolescente, llegar a adulto, en el verano de 1952 quedó recompensada. He evocado en mi novela “Conversación en La Catedral”, con los inevitables maquillajes y añadidos, aquella aventura. El pez en el agua CONVERSACION EN LA CATEDRAL (1) -Déjame pedir a mí -dijo Carlitos; y al mozo-: Dos cervezas alemanas, ésas de lata. Se había recostado contra la pared tapizada de carátulas de The New Yorker, el receptor iluminaba su cabeza crespa, sus ojos desorbitados, su cara oscurecida por una barba de dos días, su nariz rojiza, de borrachín piensa, de griposo. -¿Cuesta cara esa cerveza? -dijo Santiago-. Ando un poco ajustado de plata. -Yo te invito, acabo de sacarles un vale a esos cabrones -dijo Carlitos-. Por venir aquí conmigo, esta noche murió tu fama de niño formal, Zavalita. Las carátulas eran brillantes, irónicas, multicolores. La mayoría de las mesas estaban vacías, pero del otro lado de la rejilla que separaba los dos ambientes del local, venían murmullos; en el bar un hombre en mangas de camisa bebía una cerveza. Alguien, oculto en la oscuridad, tocaba el piano. -He dejado sueldos íntegros aquí -dijo Carlitos-. En este antro me siento bien. -Yo es la primera vez que vengo al "Negro-Negro" -dijo Santiago-. Vienen muchos pintores y escritores ¿no? -Pintores y escritores náufragos -dijo Carlitos- Cuando yo era un pichón, entraba aquí como las beatas a las iglesias. Desde ese rincón, espiaba, escuchaba, cuando reconocía a un escritor me crecía el corazón. Quería estar cerca de los genios, quería que me contagiaran. -Ya sabía que también eres escritor -dijo Santiago-. Que has publicado poemas. -Iba a ser escritor, iba a publicar poemas -dijo Carlitos-. Entré a "La Crónica" y cambié de vocación. -¿Prefieres el periodismo a la literatura? -dijo Santiago. -Prefiero el trago -se rió Carlitos-. El periodismo no es una vocación sino una frustración, ya te darás cuenta. Se encogió, dibujos y caricaturas y títulos en inglés donde había estado su cabeza, y ahí estaban la mueca que torcía su cara, Zavalita, sus manos crispadas. Le tocó el brazo: ¿se sentía mal? Carlitos se enderezó, apoyó la cabeza contra la pared. -A lo mejor la úlcera de nuevo -ahora tenía un hombrecuervo en una oreja, y en la otra un rascacielos-. A lo mejor la falta de alcohol. Porque aunque te parezca borracho, no he tomado en todo el día. El único que te queda y en el hospital, con diablos azules, Zavalita. Irías a verlo mañana sin falta, Carlitos, le llevarías un libro. -Entraba aquí y me sentía en París -dijo Carlitos-. Pensaba algún día llegaré a París, y bum, genio como por arte de magia. Pero no llegué, Zavalita, y aquí me tienes, con retortijones de embarazada. ¿Qué ibas a ser tú cuando viniste a naufragar a La Crónica? -Abogado -dijo Santiago-. No, más bien revolucionario. Comunista. -Comunista y periodista por lo menos riman, en cambio poeta y periodista –dijo Carlitos, y echándose a reír-. ¿Comunista? A mí me botaron de un trabajo por comunista. Si no fuera por eso, no hubiera entrado al periódico y a lo mejor estaría escribiendo poemas. (…). -Qué carajo iba a ser yo comunista -dijo Carlitos-. Eso es lo más gracioso del caso, la verdad es que nunca supe por qué me botaron. Pero me fregaron, y aquí me tienes, borracho y con úlceras. Salud niño formal, salud Zavalita.