Marina De Caro: Contra la gravedad A lo largo de los últimos treinta años, Marina De Caro desarrolló una propuesta artística coherente e íntegra, atravesada por preguntas muy precisas: cómo percibe el cuerpo, cómo se desarrolla un comportamiento corporal, cuál es la función del diseño, cómo habita el cuerpo un determinado espacio y cómo habitar amablemente un espacio en sociedad. Estas preguntas dieron lugar a obras que se desarrollaron primero en el ámbito de la moda y luego pasaron a explorar las posibilidades del tejido envolvente, la escultura, la vivencia del espacio y la acción tanto artística como educativa, en un encadenamiento lógico que va de trajes a obras tejidas vestibles a esculturas blandas a enormes ambientaciones. Asimismo, De Caro desarrolló toda otra trama de posibilidades que tensionan esta misma coherencia haciéndola estallar en mil pedazos, o trazos, o tonos. Es este segundo camino –aquél de la experimentación, de la libertad, de una fundamental utopía– el elegido por el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires para presentar su primera gran retrospectiva. En De Caro, el gesto mínimo –el trazo de la línea, la elección de un color, la terminación de una costura, la elección de la escala– y las decisiones más fundantes –cómo responder a los desafíos del hombre de hoy, cuál es el rol del arte en la sociedad– responden a esa libertad en una constante toma de riesgos. Sus imágenes, sus construcciones, sus bocetos y dibujos tienen un poder propio que resquebraja la sola idea de completud. Avasallan recurriendo a varias herramientas entre las cuales el dibujo y el color son protagonistas. En De Caro, el dibujo es puro movimiento. Ocupando el espacio del papel, sus figuras se delinean unas tras otras, mutando, transfigurándose a cada paso y transformando al ser humano, abriendo posibilidades de metamorfosis, de conjugación y unidad, de desvanecimiento, de desaparición y reaparición. En nuestra exposición, la figura ritual abre el paso. Hacia el fondo, llaman la atención tres enormes dibujos de trazos rápidos realizados a carbonilla y pastel tiza, que dejan entrever el movimiento rítmico de una figura de otro tiempo o de otro mundo. ¿Un chamán? ¿Un protagonista de un ritual? ¿Una aparición? Ataviada con un espléndido manto, la figura es hipnótica. Su manto se despliega, con los brazos abiertos, incorporando al mundo, y se vuelve a cerrar, se repliega protegiéndose y llevando consigo sus saberes mágicos. Alrededor se despliegan, como en un acto de magia, cientos de dibujos creados por la artista durante los últimos treinta años, en los cuales el espectador podrá apreciar su versatilidad para ir y venir entre técnicas, cualidades de líneas, indagaciones sobre el color, exploraciones de vacíos y silencios. El color –el otro gran protagonista– subvierte las lógicas que puedan existir. Es pura luz, pura potencialidad, pura convivencia: es el camaleón de las artes visuales. Un mismo pigmento, un mismo tinte, cambiará según materiales y soportes y según la hora del día. Fantasma de la vida, el color resiste e invita a la deliberación sobre la fuerza vital. Su esencia es variable y una de sus tantas fuerzas es esa capacidad de modificarse. Pero antes o después del color, está el negro. Observemos atentamente la construcción de aquella serie trágica de dibujos que De Caro creó entre 2013 y 2014. Nos referimos a susRetratos, en los cuales la artista delinea ferozmente una serie de rostros encarcelados dentro de rejas de trazos que se suceden, anulando la posibilidad misma de aparición de las figuras. La mirada se anula. Pareciera que las figuras gritan en silencio. Aquel negro, que es la posibilidad de todos los colores y que simultáneamente los niega, furioso, a todos. ¿Qué es lo que se esconde detrás del gran negro de De Caro? Quizás el negro sea el color que subyace siempre en el universo de De Caro, y quizás los demás colores sean su principal herramienta para exorcizarlo.