El retorno de Peñalosa Con el respaldo del Partido Liberal y Cambio Radical, que le significaría tener en el bolsillo cerca de 300 mil votos, Enrique Peñalosa busca repetir alcaldía. Su estrategia será una campaña de propuestas y no de confrontaciones ideológicas con sus rivales. Cada vez que Enrique Peñalosa pierde unas elecciones, pareciera que fuera la plataforma de su nuevo desafío electoral. Primero fue derrotado por Jaime Castro en la consulta del Partido Liberal de 1992 para elegir candidato único a la Alcaldía de Bogotá. Cuatro años después volvió a intentarlo, probó el sabor de la victoria, ganó la consulta liberal y se convirtió en el candidato oficial del partido para la contienda por la Alcaldía. Pero lo derrotó el atípico Antanas Mockus que cautivó a los bogotanos. Peñalosa asimiló el poder de la derrota, reincidió como candidato en 1997 y finalmente logró su cometido al ser elegido alcalde de Bogotá. Once años después, eludió los coqueteos del liberalismo para que se convirtiera en el contendor del presidente Álvaro Uribe, tampoco quiso sumarse a las toldas de los movimientos uribistas que ganaron las mayorías del Congreso y optó por lanzarse al Senado como cabeza de lista de su movimiento ciudadano Por el País que Soñamos. Se quemó en el intento. Pero siguió en su estilo. Asimiló el trago amargo y apenas nueve meses después formalizó su decisión de aspirar de nuevo a ocupar el segundo cargo del país. Un desafío que dependerá del trabajo que realice durante los próximos cinco meses. Una situación que en apariencia puede ser favorable, pues dos de las fuerzas políticas más importantes e influyentes en la dinámica electoral decidieron, después de largas reuniones y enérgicas discusiones, apoyar su candidatura. Una determinación, que además de significarle un número importante de votos (cerca de 300.000), resulta estratégica para el Partido Liberal y Cambio Radical. El liberalismo podría recuperar la Alcaldía de la capital que perdió con el Polo y el movimiento que lidera el senador Germán Vargas Lleras tendría la opción de consolidarse como la primera fuerza política en Bogotá. Con la apuesta Peñalosa, ambas colectividades respaldan a un candidato único para enfrentar al Polo Democrático que parece posicionado en la ciudad pero aparentemente está fraccionado, y el candidato se convierte en el primer puente entre el Partido Liberal y un sector clave y determinante del uribismo en la reconquista del poder político. Una plataforma que puede ser muy favorable para los tres años de gobierno que le restan al presidente Álvaro Uribe en su segundo mandato y que, adicionalmente, cautivaría electores para los comicios del próximo 28 de octubre. La fórmula parece infalible, pero no le faltan críticos. Paul Bromberg, ex alcalde de Bogotá cree, por ejemplo, que la unión de estas dos fuerzas políticas no le aporta demasiado a Peñalosa para ganar la Alcaldía y que, por el contrario, lo hace aparecer como una veleta. “En su afán de ganar, lo que está haciendo es aceptar un apoyo luego de haber husmeado al electorado. Como cualquier voto suma, Peñalosa no tiene problema en ser un poquito uribista, un poquito liberal, andar con la camisa al aire y recogerse las mangas para salir en las fotos”. Sin embargo, ese ‘poder’ que en su caso parecen tener sus derrotas electorales, en criterio del politólogo de la Universidad Javeriana de Cali Fernando Giraldo, tiene una explicación técnica: este curioso fenómeno se debe a que, desde un comienzo, Enrique Peñalosa se ha empeñado en desarrollar una política de gestión y no tanto de emociones, como usualmente lo hace la clase dirigente. “Peñalosa ha logrado construir su prestigio y reconocimiento basado en la elaboración de una política gerencial. Nunca se ha metido en debates ideológicos. Sus candidaturas siempre se han basado en propuestas para la ciudad. Por esta razón, en todas las ocasiones en las que, de alguna manera, se ha igualado a la política clásica, los electores lo han castigado. En su segunda candidatura a la Alcaldía de Bogotá, por ejemplo, ganó por el peso de sus ideas, mientras que cuando acudió a la consulta con Jaime Castro, perdió porque se igualó a la postura de los partidos tradicionales”, añade Fernando Giraldo. La misma situación se repitió cuando intentó llegar al Senado de la República. Una determinación, que para muchos fue considerada como un error en su estrategia política, pero de la cual él propio Peñalosa asegura no arrepentirse. De hecho, algunos de sus asesores más cercanos recuerdan haber entendido la situación el día anterior a las elecciones. “Todos estaban repartiendo volantes cerca a Salitre Plaza, cuando de pronto un hombre se acercó a Peñalosa y con gran entusiasmo le dijo: ‘Doctor, no se imagina lo que significa conocerlo. Pero dígame, ¿por quién es que tengo que votar mañana?’. En ese momento comprendimos que el común de los ciudadanos no lo veía como un parlamentario sino como un gerente, un alcalde”, concluye la concejal peñalosista Gilma Jiménez. Fórmula mágica En las elecciones legislativas de 1990, la foto de una gran valla ubicada en una de las principales vías de la ciudad, acompañada por el símbolo de una flor —del movimiento Acción Democrática, adscrito al Partido Liberal—, robó la atención de la opinión pública. Era la cara sonriente de Enrique Peñalosa, primer político en romper con el paradigma publicitario de las campañas electorales en las que la imagen del candidato siempre era la de un hombre serio que posaba descargando la cabeza sobre una mano, intentando reflejar su carácter intelectual. Desde entonces, Peñalosa, a su manera representa un político singular, que prefiere darse a conocer subiéndose a los buses, entregando volantes con su hoja de vida a la entrada de los supermercados, recorriendo las calles y visitando lugares “en donde hay perros y niños, pero no votos”, como lo referencian sus colaboradores más cercanos. A pesar de su imagen, su mandato comenzó con el pie izquierdo, pues las polémicas medidas que adoptó como, por ejemplo, instalar bolardos en la carrera 15 y la Avenida Boyacá, y luego decorar la ciudad para navidad con costosos moños rojos, casi le cuestan la revocatoria del mandato y más de una vez tuvo que soportar rechiflas de los ciudadanos. Pero finalmente superó la crisis y terminó su gobierno con un alto índice de favorabilidad. Nunca dejó de ser un referente de la ciudad y en diciembre del año pasado formalizó su nueva aspiración a regir los destinos de la ciudad. Desde entonces, se ha puesto en la tarea de recoger firmas (ya tiene más de 250.000) para inscribirse como candidato por el movimiento ciudadano Peñalosa Alcalde. Una actitud coherente con la tendencia que impera en las grandes ciudades del mundo, “donde los candidatos son outsiders. Es decir, no se suman a los grandes partidos sino que se adhieren a los candidatos, permitiendo el triunfo de la meritocracia”, subraya Enrique Serrano, politólogo de la Universidad del Rosario. Por lo pronto Peñalosa se presenta como un candidato independiente y los analistas creen que puede aprovechar el apoyo del Partido Liberal y Cambio Radical para vencer al Polo Democrático. Sin embargo, como lo advierte el politólogo Fernando Giraldo, su clave parece ser “no entrar en confrontaciones ideológicas con el Polo sino mantener su discurso técnico”. De cualquier manera, esta semana podrían exponerse las cartas y Enrique Peñalosa lanzarse de nuevo a la arena política local. ¿Después de su derrota en 2006 vendrá una nueva victoria? ¿El Polo tendrá baluartes para conservar la alcaldía? Amanecerá y veremos.