MANUEL AZAÑA Nació el 10 de enero de 1880 en Alcalá de Henares. Allí estudió el bachillerato para luego, tras el temprano fallecimiento de sus padres, iniciar la carrera de Derecho como interno en el colegio de los Agustinos de El Escorial, cuyos alumnos se examinaban por libre en la Universidad de Zaragoza. En el último año de su licenciatura, apartado de la fe religiosa, dejó el colegio y se examinó por libre, obteniendo muy buenas calificaciones. En 1898 se instaló en Madrid, donde se matriculó en la Universidad Central para realizar sus estudios de doctorado. Trabajó, mientras tanto, como pasante, en un bufete de abogados, e inició sus primeros contactos con el mundo intelectual incorporándose a la Academia de Jurisprudencia y al Ateneo de Madrid y colaborando como articulista en algunas publicaciones. En el año 1900 presentó su tesis y obtuvo el título de doctor. En 1903 tuvo que regresar a Alcalá para ocuparse de los negocios familiares. Allí mantuvo su vocación literaria, hasta que, en 1909, regresó definitivamente a la capital para opositar a una plaza de funcionario en la Dirección General de los Registros y del Notariado. Una vez obtenida la plaza de auxiliar, solicitó una beca a la Junta de Ampliación de Estudios para trasladarse por unos meses a París, en 1911, a cursar estudios de Derecho Civil. Allí permaneció durante un año desarrollando una activa vida intelectual, participando con diversas colaboraciones en la prensa. A su regreso a Madrid, en 1913, se incorporó, como secretario, a la junta directiva del Ateneo, lo que le permitió ampliar sus contactos y amistades en el ámbito académico e intelectual. En ese mismo año inició su actividad política afiliándose al Partido Reformista de Melquíades Álvarez. Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914, redobló su presencia pública, en mítines y conferencias, posicionándose en defensa de las potencias democráticas. Firmó el Manifiesto de la Liga Antigermanófila y visitó, junto a otros intelectuales y políticos españoles, los frentes de batalla en Francia y en Italia, en apoyo de los aliados. En las elecciones generales de febrero de 1918, Azaña presentó por primera vez su candidatura por el distrito de Puente del Arzobispo (Toledo), pero no fue elegido. Repitió el intento, con iguales resultados, en las de marzo de 1923. Para entonces había abandonado ya la secretaría del Ateneo y venía colaborando, junto a su amigo Rivas Cherif, en la puesta en marcha de una revista literaria, La Pluma, y luego en la dirección de la revista España. Con la dictadura de Primo de Rivera, Azaña redobló su vocación antimonárquica y republicana. Se apartó del reformismo para crear, en 1925, el grupo de Acción Republicana que, un año después, se vinculó con los republicanos federales, los radicales y los catalanes en una Alianza Republicana. Las dificultades de la vida política durante la dictadura, sin embargo, le obligaron a refugiase en la actividad profesional y en la literaria. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura de 1926 por su novela Vida de don Juan Varela, y publicó, en 1927, El jardín de los frailes. En 1929 contrajo matrimonio con María Dolores de Rivas Cherif. La crisis de la dictadura primorriverista, a partir de 1930, redobló la actividad de los partidos republicanos. Azaña, desde la presidencia del Ateneo, que había ocupado en junio de ese mismo año, asumió el liderazgo del republicanismo, trabajando para intentar aglutinar a las distintas formaciones republicanas y para atraer a nuevos aliados a su causa. Participó, en agosto de ese año, en representación de la Alianza Republicana, en el Pacto de San Sebastián que preparó la proclamación republicana. Tras las elecciones municipales de abril de 1931, Azaña fue nombrado ministro de la Guerra en el gobierno provisional presidido por Alcalá Zamora. Como ministro su labor más importante fue la puesta en marcha de una ley de reforma del ejército que pretendía garantizar la lealtad de los militares hacia la República, obligándoles a prestar un juramento de obediencia al poder legítimo y, a la vez, disminuir el excesivo número de mandos, modernizando sus estructuras. Una reforma bien acogida en el ámbito político pero que fue muy contestada por el estamento militar. En las elecciones generales de junio de 1931, el partido de Azaña, Acción Republicana, obtuvo unos modestos resultados, con 21 diputados. Azaña se mostró partidario de colaborar con las izquierdas, y en especial con el partido socialista, para mantener el bloque de gobierno. Tuvo una activa participación en los debates sobre el texto constitucional, y en especial en la resolución del conflicto relativo a las relaciones entre Iglesia y Estado, que se resolvió finalmente con la disolución de los jesuitas y la prohibición del ejercicio de la actividad docente de las órdenes religiosas, reforzando el carácter laico del Estado. La frase pronunciada por Azaña en los debates, «España ha dejado de ser católica» marcó su desencuentro definitivo con los grupos confesionales y con la Iglesia. Fue, precisamente, la cuestión religiosa lo que provocó la primera crisis del gobierno republicano con la dimisión de Alcalá Zamora y Miguel Maura. Azaña fue entonces el designado para ocupar la presidencia del gobierno provisional de la República, en sustitución de Alcalá. Aprobada la Constitución, en diciembre de 1931, Alcalá Zamora fue nombrado presidente de la República y Manuel Azaña fue confirmado para seguir presidiendo el gobierno. Fue un gobierno de coalición, con presencia del PSOE y de los diferentes partidos republicanos, salvo los radicales de Lerroux que optaron por pasar a la oposición. Durante su mandato el gobierno siguió adelante con su ambicioso plan de reformas. Se aprobaron leyes como las de reforma laboral en el mundo rural, Ley de Reforma Agraria, Ley de Congregaciones, Estatuto de Autonomía para Cataluña, etc.; pero tuvo que hacer frente, también a muchas dificultades, como el intento de golpe de Estado del general Sanjurjo, la férrea oposición de los grandes terratenientes, de la derecha católica y también de los anarquistas y socialistas de izquierdas, descontentos con la lentitud de las reformas, con violentos conflictos sociales como los de Casas Viejas, Castilblanco o Arnedo que fueron desgastando la legitimidad del gobierno. Cada vez más debilitado y distanciado de la presidencia de la República, en septiembre de 1933, Azaña presentó su dimisión. Tras las elecciones de diciembre de ese año, Azaña, elegido diputado por el distrito de Bilbao, pasó a la oposición parlamentaria desde donde siguió defendiendo su política de reformas y la necesidad de mantener la unidad de los partidos republicanos con el socialismo. En esa línea siguió apostando por integrar nuevos grupos a su proyecto político, lo que se concretó en la creación de un nuevo partido político, Izquierda Republicana, al que se incorporaron republicanos galleguistas y radical socialistas. Fue muy crítico con la posible presencia de la CEDA en el gobierno, a lo que intentó oponerse en sus intervenciones públicas y parlamentarias. Con ocasión de la revolución de octubre de 1934 fue detenido en Barcelona, donde se encontraba casualmente de visita. Tras pasar varios meses detenido, en diciembre de ese mismo año fue absuelto por el Tribunal Supremo que no pudo probar su vinculación con el movimiento revolucionario. Inició entonces, y con un prestigio renovado entre los suyos, una activa campaña de mítines en demanda de la amnistía y promoviendo su idea de la defensa de la República y de la necesidad del pacto entre las fuerzas del republicanismo de izquierdas y los socialistas, estrechando sus contactos y amistad con el líder del socialismo moderado Indalecio Prieto. Fue, con ello, uno de los impulsores de la formación del Frente Popular. Con él la izquierda recuperó el poder tras las elecciones de febrero de 1936. Tras ser elegido de nuevo para ocupar la presidencia del gobierno, Azaña fue nombrado, en mayo de 1936, presidente de la República en sustitución del destituido Alcalá Zamora. Al estallar la guerra civil, el 18 de julio, Azaña, en un primer momento, y ante la negativa de los socialistas a integrarse en el mismo, formó un gobierno, presidido por Martínez Barrio, para intentar negociar con los militares el fin de la sublevación. Fracasado el intento, encargó a su amigo y correligionario José Giral formar un nuevo gabinete exclusivamente republicano. Su vida fue, sin embargo, también efímera y, tras constatar la soledad de la República por la negativa de las potencias democráticas a intervenir en su apoyo, Azaña tuvo que hacer frente a una nueva crisis de gobierno. En septiembre de 1936 fue el socialista Largo Caballero el encargado de formar nuevo gobierno. Sus relaciones personales, más distantes, y los desacuerdos políticos entre ambas presidencias, fueron desplazándole de la primera línea de decisión política. Tampoco fueron mucho mejores sus relaciones con Juan Negrín, jefe de gobierno desde mayo de 1937, ni con los comunistas, cada vez con mayor peso en el ejército republicano. En los últimos meses de la guerra, y consciente de la derrota inevitable, intentó buscar una mediación internacional para un final negociado de los combates, reforzando su discurso antibelicista. Su apuesta no fue atendida ni por Francia y Gran Bretaña, ni por Franco. Y sólo sirvió para aumentar sus distancias con el gobierno republicano de Negrín y su política de resistencia a ultranza. En febrero de 1939, tras la caída de Barcelona, donde residió en los últimos años de la guerra, Azaña cruzó la frontera francesa refugiándose en París. Unos días después, el 29 de febrero, y tras negarse a regresar a España, anunció su dimisión como presidente de la República, retirándose de la vida política. Volvió a retomar su vocación literaria redactando y corrigiendo sus Memorias políticas y de guerra, y otros escritos como La velada de Benicarló. La invasión alemana le obligó a refugiarse cerca de Burdeos. En el verano de 1940, enfermo y perseguido por las autoridades franquistas, se instaló en la localidad de Montauban, donde falleció el 3 de septiembre de 1940.