TESTIGOS EN EL MUNDO Conscientes de mi salvación Cuando la luz de la gracia me hace consciente de cómo Dios me salva y me sana a lo largo de mi vida, sólo quiero que otros puedan vivir lo mismo que yo he descubierto. Así me convierto, sin pretenderlo, en testigo de su amor y de su salvación. “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los demás, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo”. (Mateo 5,14-16) ¿Me descubro habitado por la luz? ¿Brillando en medio de los hombres? ¿Con deseos de hacerlo? Cauces de sanación Lo que hago, lo que digo…lo que soy, es reflejo de lo que he vivido, porque el Espíritu de Dios me habita. La luz que me invade me hará capaz de sanar las heridas de los que se acercan a mí en la vida cotidiana. Mi escucha, mi silencio, mi palabra, mi acción…serán signos de su Presencia. Acoger toda realidad que se acerca a mí, sin juzgar, sin prejuicios… ¿Reconozco la misericordia que sale de mí? ¿Siento en mí la capacidad de acogida del otro? Cauces de esperanza El mundo muchas veces aparece ante nuestra mirada sin futuro. Parece que el mal tiene la última palabra sobre la realidad. ¡Cuántos hermanos sufren la pobreza, la marginación, la soledad, cerca y lejos de nuestras puertas, y parece que no hay posibilidad de cambio! El que cree, el testigo, sabe y siente que Dios tiene la última Palabra, porque bajo la apariencia oscura y fría de las cosas, Él está. El testigo se implica en las luchas que sus fuerzas le permiten, porque nada de lo que ocurre a su alrededor le es indiferente. Ni la injusticia cercana, ni la injusticia lejana. No perderé la oportunidad de decirles a todos que Tú eres su destino, no me cansaré de gritar que no pueden desfallecer, no me dejaré vencer por las derrotas, no desaprovecharé ninguna oportunidad para decir que Tú eres el Señor de la historia, el alfa y el omega, y cuando vean mi cuerpo cansado y a punto de romperse en la lucha, seguiré gritando que Tú me sostienes. Tus manos son necesarias, Dios cuenta con ellas para seguir amando… Ser testigos es tener los brazos abiertos, como el Crucificado, para abrazar a todos aquellos que en el camino de la vida se acerquen a nosotros y necesiten ser amados. “Hace algunos años que viví en Alemania durante un verano. En la visita a una iglesia católica en el pueblo de Rheine, había un Cristo crucificado en el altar, nada extraño, a no ser porque carecía de los dos brazos. Me explicaron que, durante la Segunda Guerra Mundial, una bomba rompió la imagen, y mutiló sus brazos. Tras la guerra decidieron no arreglar la escultura para que nunca se les olvidara que ellos serían los brazos mutilados de ese Cristo”. La Palabra de Dios nos dice: 1.Siempre hay razones para cantar las grandezas que obra el Señor; y hoy nuestras voces unidas quieren recordar, a la mujer ideal, valiente y decidida, a la sierva fiel, Madre Alberta querida. Y PORQUE SOY DE LA PUREZA DE MARÍA CANTO ASÍ, VOY PONIENDO LOS CIMIENTOS DE MI VIDA, ¡SOY FELIZ!, Y ME VOY PREPARANDO PARA SER LO QUE YO SIEMPRE SOÑÉ. VOY CAMINANDO PARA HACER DEL MAÑANA UN NUEVO AMANECER. 2.Este es mi Colegio, es el hogar, que Madre Alberta me preparó. En él voy viviendo los años de mi formación… que dejarán en mí huellas imborrables, forjarán en mí criterios e ideales. 3. Queremos dar gracias al Señor, por elegir a M. Alberta para la tarea de la educación. Con la Virgen su obra sigue viva en la Pureza, su espíritu está latente entre nosotros. (Himno de los Colegios de la Pureza) Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe si no tiene obras? ¿Podrá salvarlo la fe? Suponed que un hermano o hermana andan medio desnudos, faltos del sustento cotidiano, y uno de vosotros le dice: Id en paz, calientes y saciados; pero no le da para las necesidades corporales, ¿de qué sirve? Lo mismo la fe que no va acompañada de obras, está muerta del todo. Uno dirá: tú tienes fe, yo tengo obras: muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré por las obras mi fe. ¿Tú crees que existe Dios? ¡Muy bien! También los demonios creen y tiemblan de miedo. ¿Quieres comprender, hombre necio, que la fe sin obras está inerte? (Carta de Santiago 2, 14 – 20) ALBERTA GIMÉNEZ, Testigo de un gran amor “Una de las Hermanas fue destinada fuera de Mallorca. La Madre ya no era Superiora General. Cuando la Hermana fue a despedirse de ella, la Madre se puso a llorar y la abrazó, pensando en la pena que tendría la madre de la religiosa. Con dulzura le decía: Si se queda en Valencia, no tarde en escribirle, y cuéntele muchas cosas, todo lo que crea pueda alegrarla. Si es Canarias su destino, cuando tenga ocasión mándele un plátano o alguna de las otras frutas. Viendo que sus palabras enternecían a la Hermana, le dio una estampa de la Virgen y le dijo: Dé esta estampa a su madre y dígale que cada vez que se acuerde de V. la mire y a Ella la encomiende”. (Antonio Sancho, La Madre Alberta, p. 327) “En medio de su entereza de carácter supo ganarse todas las voluntades, y pasó su vida sin ofender a nadie, pues cuando había de reprender o dar alguna negativa, lo hacía de tal manera que dejaba a todos satisfechos y contentos” (Antonio Sancho, La Madre Alberta, p. 331) “Su caridad con todos los que se le acercaban no tenía límites” (Testimonio de la H. Regina Casanova, SCPCS, Positio Super Virtutibus, Test IV, Ad 22, Roma, 1981, p.58). “Ella trataba a todas con caridad, pero especialmente a las que veía más necesitadas. Esto se notaba en su modo de obrar” (Testimonio de la H. Regina Casanova, SCPCS, Positio Super Virtutibus, Test IV, Ad 64, Roma, 1981, p.61).