LA JAULA DE LOS CUYOS ¡VIOLENTO yo ! Enrique Soto Eguibar* C reo que es pertinente preguntarnos por la violencia y hasta qué grado el hombre es el más avanzado depredador en la historia de la evolución. Las actividades humanas más altas y diversos ejemplos de altruismo y humanismo que nos conmueven, nos inducen a creer en el hombre en el más profundo sentido de la palabra. Por el otro tenemos la guerra, el robo, el odio, la venganza, la destrucción y los crímenes más atroces que nos obligan a preguntarnos por el sentido de esta especie y por la verdadera naturaleza del hombre. Hay en cada uno de nosotros todo este potencial altruismo conviviendo con la más absoluta criminalidad potencial. ¿Somos realmente ángeles y demonios todos y cada uno de nosotros o, es que en algún momento de nuestras vidas se define nuestro futuro y se acentúan el altruismo y los sentimientos de amor y preocupación por los demás o la violencia, el odio y el potencial criminal y antisocial se desarrollan por encima de toda otra posibilidad? Personalmente y como dijera Hölderlin siempre he pensado que el arte es lo que salva al ser humano, sin embargo, a unos pasos de los hornos crematorios los torturadores y los asesinos se deleitaban leyendo a Goethe y escuchando a Schubert y algunos se dedicaban a coleccionar arte arrancado a familias que eran enviadas a los hornos (Ashwell, 2010). Woody Allen lo dice de manera menos solemne en Manhattan murder mystery (1993): “No puedo escuchar mucho a Wagner porque enseguida me entran ganas de invadir Polonia”. Si ambos potenciales conviven en nosotros, ¿qué determina entonces que comúnmente se tenga un tipo de * Enrique Soto es Profesor Investigador del Instituto de Fisiología de la Universidad Autónoma de Puebla. METAPOLÍTICA 100 núm. 71 | octubre-diciembre 2010 conducta y no otra?, ¿son las circunstancias el elemento que define nuestra actitud?, ¿ es nuestra genética?, ¿son la crianza y el afecto que hemos recibido o son los amigos y las experiencias de la adolescencia lo que lo define?, ¿cómo saberlo?, ¿es el hombre un ser doble capaz de actos de un altruismo que le llevan hasta a sacrificar la propia vida por un congénere o incomprensiblemente maligno y capaz de actos de violencia indescifrable? Ambos la bestia y el cariñoso, el diplomático y el guerrero, coexisten en el ser humano y ello ha contribuido a salpicar la historia de actos de civilidad admirables y también de las más insondables bajezas. Para comprender la violencia humana en sus formas más complejas, e intentar vislumbrar cómo es posible ejecutar a 79 desconocidos (sin odio racial ni religioso y sin ninguna ideología, aun sea irracional, de por medio, sino únicamente por ambición, tal como sucedió en El Rancho San Fernando en Tamaulipas, el 26 de agosto de 2010 y que es el hecho que motiva esta nota) de forma artera en un acto que rebasa a los más graves crímenes previamente conocidos, es indispensable considerar que hay algo extraño en el cerebro de los asesinos, muy probablemente sus áreas frontales y orbitofrontales (normalmente relacionadas con la planeación de actividades y el análisis de las consecuencias de nuestra conducta) están hipofuncionales o dañadas en estos individuos. Se ha encontrado una clara asociación entre la conducta violenta impulsiva y los bajos niveles de serotonina (sustancia química que se produce como un neurotransmisor) en el cerebro. Sujetos con desórdenes de personalidad y alcoholismo muestran bajos niveles de serotonina (Volavka, 1999) y es claro, por ejemplo, que la depresión cortical que produce el alcohol desata nuestros demonios. La pregunta es: ¿cómo el asociarse ¡VIOLENTO YO! | SOCIEDAD SECRETA en una banda de mafiosos puede convertirnos en criminales irredentos?, ¿será que los sujetos que se asocian a estas bandas tienen ya de por sí alteraciones cerebrales, o que las actividades que desarrollan inducen cambios en su actividad neuronal con alteraciones de la química cerebral?, ¿cómo saberlo? Habría que poder medirles su actividad cerebral antes y después del desarrollo de su sociopatología. Hay investigadores que conciben al hombre como un animal esencialmente violento. El primatólogo Richard Wrangham (Reino Unido, 1948), quien ha propuesto que el cocinar los alimentos es un hecho clave que determina el gran salto en la evolución del hombre, ha formulado la idea del macho demoníaco, que sostiene que sólo existen dos especies en que los machos salen en grupos en busca de otros congéneres que hayan invadido su territorio para matarles deliberadamente: el hombre y el chimpancé. Estos ataques violentos y eventuales crímenes de machos chimpancés mientras patrullan su territorio son debidos a una naturaleza esencialmente violenta que alcanza también al hombre (Wrangham y Wilson 2004; Peterson y Wrangham, 1996). En contraste está la conducta relajada y llena de erotismo de los bonobos, primos evolutivos de los chimpancés que cotidianamente intercambian sexo por comida, y que viven en algo así como un paraíso terrenal ¡pero pleno de sexualidad! Hay también autores que, a diferencia de Wrangham, enfatizan el altruismo como carácter típicamente humano. En el hombre hay un “padecimiento” extraño denominado síndrome de Williams, que aparte de un enorme talento musical, confiere a los individuos que lo padecen una extrema sociabilidad. Las personas con este síndrome son extremadamente afables e hipersociables. ¿A qué se debe? Técnicamente, a una microdeleción hemicigótica de cerca de 28 genes en el cromosoma 7q11.23 (Meyer-Lindenberg y cols., 2006). Podemos concluir que hay factores genéticos que pueden conferir el rasgo de hipersociabilidad y bonhomía al hombre, demostrando que amén de factores aprendidos y de índole social y cultural hay también factores biológicos que participan en la definición del temperamento de los individuos y que pudieran explicar su lado violento. Al respecto cabe destacar que el mismísimo Charles Darwin en el Diario de un naturalista (1839) mostró su repulsa a la esclavitud (“jamás olvidaré la sorpresa, disgusto y vergüenza...”), igualmente Darwin decía preferir, descender del monito o del cinocéfalo, que se comportan con heroísmo para salvar a sus congéneres, que de “un salvaje que se complace en torturar a sus enemigos..., trata a sus mujeres como esclavas, desconoce la decencia y es juguete de las más groseras supersticiones” (Sánchez Ron, 2008). Si los números importan y consideramos que somos 7,000 millones de seres humanos y que hay miles de homicidios diarios, guerras y terrorismo, y que somos capaces de que para alimentarnos requerimos de más de 1,700 millones de animales anualmente y que hemos diezmado los campos y los océanos y desestabilizado el clima planetario, eso nos define como megadepredadores, capaces de aniquilar no sólo a sus congéneres sino todo lo que se encuentra a nuestro paso. Así, los actos de altruismo aparecen más bien como una eventualidad que como una regla, y si analizamos a la especie en su conjunto concluiremos sin dudarlo que no hay ángeles, sólo demonios. I REFE REN CIAS Ashwell, A. (2010), “Amor al arte. Los extravíos del amor”, Elementos, núm. 80, pp. 45-56. Meyer-Lindenberg, A., C. B. Mervis, y K. F. Berman (2006), “Neural Mechanisms in Williams Syndrome: A Unique Window to Genetic Influences on Cognition and Behaviour”, Nature Reviews Neuroscience, 7, pp. 380-393. Peterson, D., y R. Wrangham (1996), Mariner Demonic Males: Apes and the Origins of Human Violence, Mariner Books. Sánchez Ron, J. M. (2008), “Recordar a Darwin”, El País [Babelia], 24 de noviembre. Volavka, J. (1999), “The Neurobiology of Violence. An Update”, The Journal of Neuropsychiatry and Clinical Neurosciences, 11, pp. 07-314. Wrangham, R. W., y M. L. Wilson (2004), “Collective Violence: Comparisons Between Youths and Chimpanzees”, Annals of the New York Academy of Sciences, 1036, pp. 233-256. METAPOLÍTICA núm. 71 | octubre-diciembre 2010 101